Alivio y ansiedad

6 de enero de 2026
3 minutos de lectura

Cualquier intento por reconocer a un vicepresidente que está envenenado de la misma ilegitimidad de Maduro, es un importante error histórico

Los sucesos del 3 de enero en Venezuela, un par de días después de las celebraciones de Año Nuevo en todo el mundo cristiano, no pueden ser adecuadamente apreciados desde un punto de vista puramente intelectual y de análisis fáctico y político, sino que es necesario recurrir a la perspectiva y visión humana sobre estos hechos. La razón fundamental es que los mismos están conectados con más de 20 años de destrucción de un país, hogar de más de 30 millones de personas, por un régimen que comenzó siendo un gobierno electo por el pueblo, con Hugo Chávez, y terminó degenerando en una alianza sincrónica del mal, con Nicolás Maduro y un grupo de su entorno político a la cabeza, que actúa una red de control social, y de división de la nación en feudos de sectores cívico-militares vinculados al narcotráfico, a la guerrilla, y a las potencias extranjeras enemigas de las democracias occidentales.

El desgobierno y la corrupción asociados a esta alianza de la perversión, condujeron a la salida de más de ocho millones de venezolanos, al empobrecimiento sistemático de la población, y a convertir a Venezuela en un foco de inestabilidad regional. A pesar de los esfuerzos de los venezolanos por restaurar la democracia, cuya manifestación cumbre fue la elección presidencial de 2024 que enfrentó a Maduro con Edmundo González Urrutia, una manifestación fundamental de soberanía popular que dio como ganador indisputable a este último, y que fue desconocido por el régimen en un acto abominable que lo enfrentó hasta a sus propios aliados del izquierdismo autoritario. De hecho, cabe afirmar que a pesar de los intentos de sus aliados por construir una narrativa de izquierdas y derechas alrededor del liderazgo de María Corina Machado y González Urrutia, los hechos han demostrado que el apoyo popular al binomio, como se lo conoce popularmente, ha transcendido cualquier frontera ideológica convencional. El conflicto de Venezuela no es sobre diferencias políticas o ideológicas, sino sobre la destrucción y la posibilidad de renacimiento de un país en libertad y democracia.

Que la democracia y la paz son inseparables, como lo reconoció el discurso histórico de entrega del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado, es una idea que está en la raíz de los acontecimientos del 3 de enero. Desplazar al régimen de Maduro era una tarea que excedía las fuerzas de la sociedad venezolana, porque se habían cerrado todas las puertas de solución puramente democrática, con la usurpación del poder y el asalto a la soberanía popular. Ello determinó la inevitabilidad de recurrir al apoyo de aliados internacionales, especialmente los Estados Unidos con Donald Trump a la cabeza. El gobierno de esa nación encontró una ruta legal, astuta y poderosa para enfrentar al régimen de Maduro, sin que se lo pudiera interpretar como un ataque contra la nación Venezuela, al presentarla como una acción contra un cartel del narcotráfico. Eso le permitió invocar reglas y escenarios que, a pesar de las lamentables pérdidas humanas, generaron espacios para aumentar la presión naval y militar creíble sobre el régimen, que culminó en la extracción de Maduro. Es difícil pretender condenar los actos norteamericanos y al mismo tiempo olvidarse de los abusos, torturas, violaciones y detenciones arbitrarias del régimen contra sus adversarios. En la práctica, el conjunto de las acciones del gobierno del mal, constituía un acto de guerra no convencional contra su propio pueblo. Y los escenarios de guerra de exterminio, declaradas o no, involucran dolorosas pérdidas humanas.

El alivio al que se refiere el título de este artículo es la constatación de que Maduro no es invulnerable, y hoy está en manos de la justicia norteamericana. La ansiedad la genera la incertidumbre sobre como seguirá el curso de los acontecimientos en Venezuela y como evitar el desorden civil. Cualquier intento por reconocer a un vicepresidente que está envenenado de la misma ilegitimidad de Maduro, es un importante error histórico. Saliendo de la dictadura, los venezolanos con su liderazgo legítimo podemos reconstruir nuestra nación bajo la conducción de sus líderes reales, algo que ha sido reconocido en una importante declaración del presidente francés Macron, que VenAmérica respalda en todo su contenido.

*Por su interés reproducimos este artículo de Venamérica publicado en el Diario Las Américas.

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