En la última casa donde viví pude plantar un olivo a sabiendas de que no tendré tiempo de sentarme a sus pies ni de beber el aceite de sus aceitunas. Los árboles no crecen al compás de nuestros deseos, lentos son para que puedan cumplirse en ellos nuestros sueños; los mismos que también los años desfiguran conforme van apareciendo los apetitos nuevos.
Contrariamente a lo que pudo haberse escrito, los árboles mueren de pie, desangrados por las lenguas del viento, después de haber buscado la perfección de las sombras, aunque algunos resisten la tempestad del olvido y se deleitan sólo con mirarnos.
Por los bosques, también en los del alma. Hemos de transitar con mucho cuidado y descifrar los sonidos que salen de las hojas o el eco de los gemidos en los troncos. Porque cada árbol no es un árbol en sí, puede que sea el disfraz de alguien que pidió quedarse quieto y expectante tras un acoso o un sufrimiento insoportable. Recordemos a Dafne, perseguida por Apolo, indefensa ante un seguimiento indeseado, a quien su padre remedió de la angustia convirtiéndola en un laurel, cuyas ramas eran sus brazos, sus raíces los pies, la madera del tronco su cuerpo delicado y al viento sus cabellos escondidos en las hojas. Apolo pasó sin poder reconocerla y lloró sobre el árbol que era su amada y que creció por la lluvia de sus lágrimas… si se llora sobre el sufrimiento, se agranda el dolor, inevitablemente.
Puede que algunos árboles escondan también la tragedia de lo perdido. A ellos vamos con el suspiro irremediable del viento sobre la memoria olvidada. Algunos, sin embargo, nos reconocen al pasar y algo nos dicen en sublime silencio.
Cuenta Plinio que un Jefe Romano iba a diario a un bosque donde reverenciaba con besos y estrechuras de abrazos a un haya, que amó como si fuera Diana, aguardando siempre que la diosa clavara en su corazón su flecha de cazadora. No sabemos si una astilla de su madera acabó con las ansias del romano al abrazar el árbol como solía… En todos nosotros quedaron ramas de amores imposibles.
El árbol que Dios plantó en el Paraíso no ocultaba otra sabiduría que la de ser testigo de una obediencia incumplida.
-Dejad la manzanas colgadas en las ramas. Conformaos con verlas y bañaos en el dorado que surge de sentirse maduras…
Pero ellos mordieron la trampa de la vanidad, el oro del fruto, y quedaron desnudos de ropa y de conocimiento y del verde inmediato del asombro.
¿Qué habrá sido de aquel árbol que el Génesis nos presenta como intocable y cuantioso, desproporcionado en hermosuras y en cuyas ramas ni siquiera los pájaros se atreverían a posarse?
Dios se disfrazó de árbol intocable para ser luego madera crucificada. Puede que en su tronco anidase más tarde una colmena de abejas labradoras, que supliesen las manzanas mordidas por una miel lechosa y abundante, por una cera que encendiese en claridad las sombras.
Lo prohibido se encierra en el estuche del deseo hasta que llegue el tiempo de saber la causa de su escondite. Todo no nos cabe en la inteligencia de ahora. Dejemos a Dios que sea Dios y agradezcamos ser criaturas en camino al definitivo conocimiento.
…Sabemos por fe que los muertos de Urda ya han resucitado. Que lo saben todo. Que en nuestro camino serán árboles de ramas florecidas… que nos habrán perdonado. Dios con ellos.
El duende tiene duende contando las cosas. felicidades al señor Villarejo
Magnífico relato de la muerte
«Puede que algunos árboles escondan la tragedia de lo sucedido»….