La palabra empeñada con rigor no es un patrimonio individual, sino un bien común que cobra vida cuando encuentra un interlocutor lúcido. Recibir las generosas líneas de José Eladio Camacho en su artículo «Imprescindibles» no solo conmueve el espíritu, sino que obliga a una profunda reflexión sobre el oficio de pensar, orientar y actuar en tiempos de penumbra. Cuando un escritor de su agudeza nos otorga el rol de «brújula», el verdadero deber no es asumir el elogio con vanidad, sino devolver la mirada hacia el paisaje que compartimos y hacia las almas que lo transitan.
Hablemos, por tanto, de lo que significa no apagarse. Las voces que resisten el eco de la masa no lo hacen por un afán de soberbia; lo hacen porque la historia y la vida nos han enseñado que el grumo amorfo de las circunstancias cambiantes suele devorar las certezas más elementales. Coincido plenamente con Camacho: reivindicar la diferencia es un ejercicio de preservación ética frente al vaivén de los intereses humanos.
El autor nos habla, en un pasaje de altísima cognición espiritual, de la urgencia de levantar refugios desde los escombros. Es una metáfora que evoca aquellos diálogos donde recordamos que ninguna imperfección humana, ni aquellos fardos que creemos que nos impedirán el acceso a lo sagrado, son definitivos ante la mirada del Creador. Es allí, en el corazón de la viña, donde comprendemos que el Dueño del Fundo —que es el Dueño absoluto del amor y del perdón— no mide con la justicia de los hombres, pues el jornal de la gracia es el mismo para el que llegó en la aurora que para el que se presenta al caer la tarde. De los escombros del alma surgen refugios donde, por misericordia, cabemos todos.
Finalmente, el artículo que agradezco hace un llamado a mirar de frente a la terca realidad. Las consignas ideológicas se desvanecen cuando chocan con las necesidades de quienes viven el día a día. Ocuparse de lo importante y arrinconar lo accesorio es una necesidad de supervivencia moral.
Agradezco infinitamente al colega y amigo José Eladio Camacho por recordarnos, con la fuerza de su pluma, que cambiar para que algo cambie es el motor real de la existencia. Su cercanía y su noble consideración son un compromiso redoblado para seguir siendo fieles a ese rumbo correcto que, entre escombros y sombras, estamos llamados a mantener con la frente en alto y el alma en paz.
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario