¿Acaso habrá una nueva Cosiata en 2026?

12 de octubre de 2026
5 minutos de lectura

La discordia interna es el canal por donde se introduce la tiranía foránea; un pueblo que se fracciona en aras de intereses particulares termina siempre entregando sus libertades al arbitraje de un imperio vecino. — Simón Bolívar

Sinopsis: Este artículo no constituye ni una defensa de parcialidades partidistas ni una apología a la gestión gubernamental de turno, sino una advertencia republicana dirigida a la sociedad venezolana en su conjunto. Mi propósito medular no es absolver responsabilidades internas ni justificar políticas vigentes, sino abordar nuestra realidad actual desde la fría perspectiva del análisis geopolítico que evalúa hechos fácticos de la historia contemporánea. Centrado rigurosamente en el enfoque  Estado-nación, les demuestro mediante el paralelismo de La Cosiata que nuestra fractura doméstica abre la puerta para que potencias extranjeras decidan el destino patrio, transformando los recursos y el territorio en fichas de un tablero ajeno. Advierto firmemente que pretender encasillar mi postura intelectual, sería incurrir en una falacia de falso dilema, toda vez que criticar la injerencia extranjera y defender la soberanía territorial no significa, bajo ninguna circunstancia, avalar la gestión interna del país. Lejos de servir a intereses coyunturales, mi mensaje apela a la conciencia colectiva de los ciudadanos, recordando que la soberanía no pertenece a administraciones pasajeras, sino a la existencia misma de la república.

Crónica

La alarmante reiteración de los ciclos históricos suele manifestarse con mayor crudeza cuando las sociedades olvidan las costuras de sus antiguos traumas institucionales. La memoria colectiva de los venezolanos enfrenta hoy un espejo incómodo pero urgente ante las insistentes declaraciones expansionistas procedentes del norte que proyectan la asimilación fáctica del territorio nacional bajo la polémica etiqueta del Estado cincuenta y uno. Esta pretensión foránea, lejos de constituir un exabrupto aislado o un mero recurso de retórica electoral, guarda una congruencia estructural idéntica con el proceso de resquebrajamiento que disolvió la confederación colombina en el siglo diecinueve. La preocupante fragilidad de la gobernabilidad contemporánea, acentuada tras las severas tensiones derivadas de la incursión de la Operación Resolución Absoluta en enero de este año 2026, configura un escenario de extrema vulnerabilidad donde la discordia doméstica vuelve a obrar como el canal idóneo para la supresión definitiva de la autodeterminación republicana.

El primer factor analítico que valida este fundado temor reside en la histórica instrumentación del fraccionamiento interno como una invitación abierta para el arbitraje de las potencias imperiales. Durante los sucesos valencianos de 1826, la enconada rivalidad entre los caudillos regionales y las autoridades institucionales desmanteló la cohesión del Estado grande, dejando las fronteras desprotegidas y sometidas a la deriva de las ambiciones particulares. En la coyuntura contemporánea, la aguda polarización y el sistemático resquebrajamiento de los consensos nacionales reproducen ese idéntico vacío de poder que las fuerzas extranjeras aprovechan para intervenir bajo el falaz pretexto de restaurar un ordenamiento que las propias élites locales fueron incapaces de salvaguardar. La historia demuestra de manera concluyente que la desunión civilista es el prólogo inevitable de la ocupación fáctica y del tutelaje externo.

A esta debilidad política se suma una evidente asimetría en el manejo de las alianzas, donde la supuesta búsqueda de apoyo institucional deriva con rapidez en una entrega absoluta de la conducción soberana. Los notables que secundaron el separatismo decimonónico pretendían sacudirse las directrices del poder central, pero concluyeron encadenando el destino de la naciente provincia a los dictámenes financieros y al reconocimiento diplomático de las potencias bancarias extranjeras. Actualmente, las insinuaciones que normalizan la anexión política o la tutela operativa del país en los despachos de Washington revelan una preocupante complacencia en sectores de la dirigencia local. Al supeditar los ritmos de la transición a las decisiones de agencias foráneas, se desplaza el derecho inalienable de los ciudadanos a dirimir su propio porvenir, aceptando de forma voluntaria la degradación de la república a la condición jurídica de un protectorado.

El verdadero motor de estas dinámicas de absorción territorial nunca posee motivaciones filantrópicas, sino una explícita y sistemática codicia por el control de los recursos energéticos estratégicos de la nación. Así como la oligarquía de la Cosiata buscaba monopolizar las grandes aduanas marítimas, las rentas fiscales y la propiedad agraria para su beneficio exclusivo, el expansionismo moderno fija su atención en las mayores reservas de hidrocarburos del planeta localizadas en el subsuelo caribeño. Las recientes afirmaciones corporativas e institucionales del norte respecto a la viabilidad de una explotación directa de la faja petrolífera desnudan el pragmatismo imperial que subyace a la retórica de la democratización. El riesgo inminente de una anexión económica encubierta se fundamenta en la necesidad de las potencias globales por asegurar suministros estables, transformando la inmensa riqueza natural del suelo venezolano en la causa fundamental de su pretendida subordinación.

La viabilidad operativa de este expansionismo descansa asimismo sobre una agresiva estrategia de propaganda que busca la colonización mental e ideológica del imaginario público para justificar la pérdida de la independencia. En el siglo diecinueve, las gacetas separatistas inocularon con éxito el pánico colectivo mediante el infundio del reclutamiento forzoso y la ruina fiscal, quebrando el orgullo identitario y la fe en el proyecto de la patria grande americana. Hoy en día, la difusión masiva de narrativas que califican a Venezuela como un Estado inviable o fallido pretende minar la autoestima del ciudadano y forzar la asimilación pasiva de la tutela foránea. Al naturalizar de manera sistemática la humillante etiqueta del Estado cincuenta y uno en las plataformas digitales, se intenta que el pueblo asuma la liquidación de su soberanía ya no como una agresión intolerable, sino como un desenlace inevitable o un canje aceptable frente a la crisis.

El peligro definitivo se concreta ante el desprecio absoluto de las potencias hacia las capacidades de autodeterminación locales, amparado por una élite interna complaciente que prioriza sus privilegios sobre la dignidad nacional. El poder central menospreció en su momento la protesta llanera reduciéndola a una simple y teatral “cosita”, del mismo modo que el discurso imperial contemporáneo reduce a una nación histórica con más de dos siglos de tradición republicana a una simple estrella adicional en una bandera extranjera. El fundado temor de una nueva Cosiata radica en que los sectores políticos modernos, acorralados por la asfixia económica, demuestren la misma docilidad de los antiguos terratenientes y vendan los activos morales e institucionales de la república por unos pocos pesos, consumando una capitulación que sepultaría definitivamente el sueño unificador de los libertadores.

La soberanía de la patria no es un bien transable ni una divisa para el acomodo de las élites; la unión es nuestro único escudo, pues divididos no seremos más que escombros geopolíticos a merced de los fuertes. Simón Bolívar.

Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario y Broadcaster

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