El desgaste psicológico en el trabajo se concentra entre los 40 y los 49 años, según un estudio de Quirónprevención con datos de más de 118.000 empleados. El informe señala además que los factores ajenos al empleo pesan mucho más que los estrictamente laborales.
El análisis se basa en datos de 2022 a 2025. Recoge las respuestas de personas trabajadoras expuestas a riesgo psicosocial.
La franja de 40 a 49 años reúne la mayor proporción de afectación, con un 30,43 %. Le sigue el grupo de 50 a 59 años, con un 24 %.
El resultado contradice la creencia de que el desgaste golpea sobre todo a los más jóvenes o a los más mayores. Según el estudio, esa etapa coincide con la época de más responsabilidades simultáneas. Hay cargas familiares, económicas y profesionales.
Los autores también han intentado trazar la frontera entre el trabajo y la vida personal. El 16,86 % del malestar se atribuye a factores externos, como preocupaciones familiares, económicas o sociales.
Solo el 1,41 % se vincula de forma directa y exclusiva a causas del entorno laboral. Para los autores, esto obliga a integrar los factores extralaborales en la prevención.
Estos factores merman la capacidad de adaptación y de respuesta de las personas. Por eso, el informe propone que los sistemas técnicos de prevención los tengan en cuenta.
El estudio valoró síntomas recientes de ansiedad y depresión. La posibilidad de afectación psicoemocional subió del 14,94 % en 2024 al 19,96 % en 2025.
La mayoría de los casos son de intensidad leve, un 14,66 %. Los moderados suponen un 3,52 % y los graves, un 1,78 %.
Los doctores Antonio Moreno y Juan Pedro Portell, autores del informe, explican el fenómeno por un cambio en el tipo de esfuerzo. Hoy, aseguran, el trabajo «ya no es físico, sino cognitivo».
Tomar decisiones sin descanso y manejar información compleja generan una carga mental. Si es excesiva o se prolonga, acaba provocando desgaste.
Los datos indican que la empresa es un espacio idóneo para actuar de forma temprana. Las medidas más eficaces no buscan eliminar la exigencia profesional. Buscan equilibrar las demandas del puesto con los recursos y el apoyo disponibles.
Entre las líneas prioritarias, los autores citan ajustar las cargas de trabajo y definir con claridad los roles. También recomiendan fomentar la participación de los empleados en las decisiones.
Proponen además promover estilos de liderazgo saludables y respetar los tiempos de descanso. Piden erradicar las culturas de disponibilidad permanente y crear entornos de confianza. Así, las personas podrán expresar su malestar sin miedo a ser juzgadas ni a que su carrera se vea comprometida.