Evocar aquel instante cumbre es volver a respirar el aire de pureza que inundó mi alma al recibir las Órdenes Sagradas, un momento donde la juventud se consagró al servicio del Altísimo. En aquella jornada luminosa, rodeado de un coro de voces celestiales y de entrañables amistades que compartieron mi fervor, sentí nacer en mi interior una dualidad maravillosa: la fe del altar y la profunda vocación de abogado.
Bajo los arcos sagrados del templo, mientras mis manos eran ungidas con el santo óleo, comprendí que la equidad divina y la humana debían caminar unidas. Esta revelación marcó el norte de mis posteriores luchas en los foros jurídicos, impulsándome a clamar por la rectitud de la justicia terrenal desde el inicio de mi ministerio.
Desde aquella unción litúrgica inicial, mis oraciones más fervientes se elevaron al cielo con un ruego específico y persistentemente devoto: que Dios nos diera jueces santos. Con el corazón henchido de idealismo y fervor evangélico, imploraba diariamente en cada eucaristía por la conversión y la elevación moral de aquellos ciudadanos encargados de aplicar el derecho en nuestra República.
Pedía con insistencia que los magistrados, los secretarios y la totalidad de los funcionarios de los tribunales fuesen investidos con los dones del Espíritu Santo. El objetivo de mi súplica era que actuaran como verdaderos apóstoles de la equidad, guiados siempre por una brújula ética inquebrantable que impidiera el desvío del veredicto ante las presiones del poder económico.
En mis homilías juveniles, ante la mirada atenta de la feligresía, solía recalcar que el servicio público en las cortes requería de hombres superiores, modelados bajo la exigencia de virtudes heroicas. Rogaba al Todopoderoso para que cada rincón del sistema judicial estuviese poblado por profesionales que fuesen sabios, decentes, honestos, estudiosos y éticos.
Visualizaba los palacios de justicia no como antros de burocracia fría o componendas oscuras, ni como desfiles de vanidades, sino como templos civiles de la verdad. Anhelaba un sistema donde el ciudadano común encontrara amparo inmediato y donde las leyes se aplicaran con un rigor técnico impecable, pero también con una inmensa piedad humana y sensibilidad social.
Hoy, al volver la mirada hacia atrás y contemplar el sendero recorrido, veo el contraste entre el Crisanto mozo de aquellas benditas mocedades presbiterales y este Crisanto viejo que se halla casi en el epílogo de su vida. Experimento una profunda y dolorosa melancolía al notar que aquellos valores de pulcritud y mística judicial que con tanto ahínco imploré en el altar, parecen haberse perdido en desbandada en el ejercicio contemporáneo.
La crisis moral ha permeado las estructuras institucionales, socavando los cimientos de la probidad y transformando la noble labor de la judicatura en un escenario donde con frecuencia escasean la honestidad intelectual y el decoro profesional.
Pese a las sombras del presente y al cansancio propio de los años, mi espíritu no se rinde ante el cinismo reinante ni ante la decadencia del entorno. En este tramo maduro de mi existencia, elevo nuevamente mis manos al cielo con la misma urgencia de mis inicios, rogando a Dios otra vez con encarecida devoción por el renacimiento de la reserva moral en nuestros tribunales.
Clamo por una regeneración espiritual de los operadores de la ley, para que las nuevas generaciones de juristas rescaten la dignidad perdida, abracen la rectitud y entiendan que la impunidad terrenal es efímera, pues al final de los tiempos todos seremos juzgados bajo la luz de la eterna e implacable verdad divina.
“La justicia es la reina de las virtudes humanas, y quienes la administran deben ser espejos de santidad y sabiduría, para que los pueblos no perezcan en la desesperación y la anarquía.” — Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia
Dr. Crisanto Gregorio León
Profesor universitario
Tal vez Dr. Crisanto fue Dios quién te coloco en el sitio en el que podrías ser más necesario. La administración de justicia es una institución humana, y por lo tanto muy imperfecta. Si las leyes no llegan, solo la cordura y sus valores pueden equilibrar la imperfección. Estoy seguro que la vocación de servicio hace que en los tribunales en los que ejerces tú luz no será solo pura apariencia.
Hay mucho desorden moral en la administración de justicia, muchos fígen ser rectos correctos y honorables y es todo lo contrario. hay un desorden moral de grave secuela espiritual.. un abrazo muy afectuoso Doctor José Eladio Camacho.
Gentil Dr. José Eladio Camacho, gracias por sus comentarios. siempre usted tan afable tan considerado con mis escritos. Dios lo bendiga inmensamente qué honor formar parte de sus allegados. un abrazo gigantesco en Cristo y que Dios lo bendiga en el nombre del padre en el nombre del hijo y en el nombre del espíritu Santo.
y en efecto muchas luchas en tribunales es como pelear con el demonio pero siempre ruego a Dios que vaya delante de mí como poderoso gigante.
Efectivamente profesor Crisanto. Seguro que su intervención en los tribunales se guía por motivos nobles, dotar a las instituciones de una pulcritud que nunca deberían de haber abandonado. El mundo de los Juzgados es difícil y complicado. Que de forma constante alguien recuerde que la ley obliga a todos, y que su interpretación no puede ampararse en consideraciones arbitrarias, es algo que en los tiempos actuales es más que necesario. Frente a los abusos de los particulares y de la propia Administración este es el último bastión. Si solo genera desconfianza las leyes acaban perdiendo su sentido.
Amén amén .Dr. José Eladio Camacho. Gracias por sus consideraciones.