La exitosa escritora sueca Camilla Läckberg ha reaparecido en Madrid para presentar su duodécima novela ambientada en Fjällbacka, titulada El llanto de los muertos. Con más de 40 millones de ejemplares vendidos en todo el planeta, la autora ha querido destacar durante su encuentro con los medios la fervorosa acogida que siempre recibe en nuestro país.
«España es el único lugar del mundo en el que realmente me siento como una estrella del rock. La gente se pasa cinco horas haciendo cola, llega llorando, temblando o incluso trayendo regalos. Me encanta ese entusiasmo», confesaba con admiración ante la prensa.
En esta nueva entrega de su saga negra, la literata aborda un crimen que ha permanecido estancado durante tres décadas, utilizando la trama para examinar con lupa la violencia en el hogar y el auge social del true crime. A raíz de estos oscuros perfiles, Läckberg ha reflexionado de manera cruda sobre los límites de la moralidad humana, admitiendo que, bajo el detonante oportuno, cualquier individuo podría llegar a cruzar la línea de la legalidad más extrema.
«¿Dadas las circunstancias correctas todos estaríamos dispuestos o seríamos capaces de asesinar? Creo que sí. Hay algunas personas, por ejemplo, que podrían asesinar por dinero, otras que podrían asesinar por venganza, porque son víctimas de un ataque de rabia repentina. En mi caso particular, sé que lo que necesitaría es si alguien estuviese amenazando la vida de mis hijos o la mía, sí sería capaz de matar», aseveraba con rotundidad.
Para dar forma verosímil a sus tramas criminales, la creadora sueca intenta siempre desentrañar las motivaciones profundas de los agresores, aunque diferencia claramente entre los perfiles clínicos desprovistos de empatía y aquellas situaciones motivadas por el sufrimiento acumulado.
Profundizando en las páginas de este último lanzamiento, argumentaba: «Siempre intento entender al asesino en mis novelas. En algunos libros donde es un psicópata o un narcisista no entiendo los motivos, soy incapaz de sentir empatía. Pero en este libro en particular empieza con la historia de una señora anciana que ha matado a su marido, que la sometía a todo tipo de violencia; en ese caso puedo entender perfectamente el motivo y llegar a empatizar con el personaje».
Durante la presentación, la conversación derivó hacia el análisis de casos reales de la crónica negra internacional, como el juicio telemático de Lindsay Clancy en Estados Unidos. Este trágico episodio sirvió para que Läckberg pusiera sobre la mesa la urgente necesidad de visibilizar la salud mental materna, un problema que ella misma experimentó en primera persona tras dar a luz a dos de sus hijos.
«Algo bueno de este absolutamente trágico suceso es el hecho de que todos estamos hablando justamente sobre la depresión postparto. En este caso en particular queda claro que Lindsay Clancy había estado pidiendo por todos sus medios ayuda, ayuda que no recibió. El efecto más positivo es que estemos hablando sobre esto. Había llegado el momento de tener este debate sobre el por qué las mujeres no están recibiendo la ayuda que necesitan cuando el 8% de las mujeres sufren de algún tipo de forma de depresión postparto», asegura.
Frente a la tendencia generalizada de la narrativa policíaca clásica de centrar todos los focos y recursos estéticos en la figura del criminal, la autora ha reivindicado la centralidad de las víctimas y de quienes sufren las consecuencias colaterales del delito. En este sentido, ha destacado su firme propósito creativo: «A menudo se pone mucho más el foco sobre el asesino que sobre la víctima. Desde el principio me he tomado muy a pecho centrarme en la víctima y en el impacto que estos delitos tienen en los familiares y amigos».
Por último, el libro examina las complejas fronteras del amor materno y el instinto de protección frente a conductas delictivas graves. Läckberg concluyó planteando uno de los grandes interrogantes éticos que atraviesan su narrativa: «Me fascinan los casos de madres de asesinos que están en negación total. Me ha llevado a preguntarme: ¿qué haría yo? ¿Aparecería con una pala para ayudar a esconder el cuerpo o llamaría a la policía? Es un dilema sobre si proteger a tus hijos a todo coste o darles una mala lección».