La juez María en el infierno

19 de agosto de 2026
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Y entonces para justificar la corrupción, el perjurio y la afrenta a Dios, dijo la secretaria: «Ay doctor, aquí todos somos ateos»

«La peor forma de injusticia es la justicia simulada; el juez que vende su dictamen no solo comete un delito, sino que comete un acto de traición cósmica contra la verdad». — San Agustín de Hipona, La ciudad de Dios (Siglo V).

Crónica

Antes de desentrañar los pasadizos de esta sombría realidad, es imperativo aclarar que «María» es el nombre femenino más común y universal a escala mundial. Su uso en estas líneas no responde a una identidad particular, sino a una rigurosa estrategia periodística para no delatar abiertamente a la criminal, salvaguardar el nombre de los inocentes y proteger la reserva de las fuentes. Al utilizar el nombre más difundido de la tierra, se construye un espejo donde cualquier funcionaria corrompida puede verse reflejada, despojando al texto de un señalamiento personal y único para transformarlo en una severa radiografía sobre la corrupción y descomposición judicial absoluta. De modo que María puede ser cualquier mujer juez o cualquier Mario juez.

La historia se fractura cuando un respetado sacerdote de intachable trayectoria describió una pavorosa visión mística en la que contempló a la juez María atrapada en las fauces mismas del infierno eterno. No había metáforas piadosas en aquel abismo: la mujer yacía sumergida en un lago de azufre hirviente, rodeada por una tormenta cíclica y perpetua de lamentos y fuego real que devoraba su carne en un ciclo inacabable y continuo. La visión sacerdotal fue una alerta que el cielo daba a la juez, mediante un testimonio crudo y espeluznante sobre el destino infernal de su alma y de aquellos funcionarios que, investidos con el sagrado poder de impartir justicia en la tierra, decidieron arrastrarse ante las prebendas y obligar a los inocentes a comprar sentencias para poder obtener su libertad, así como poner a disposición de criminales una libertad si les era pagada con miles de dólares o euros a gusto de la juez y de la fiscal.

El núcleo de su judicatura radicaba en una maquinaria de extorsión sistemática y cohecho descarnado que ejecutaba, con jactancia y prepotencia, junto a una fiscal cómplice que era el vivo retrato de la bruja abuela Addams. La juez María perfeccionó un método perverso: dejaba abiertas de manera deliberada múltiples rendijas y fisuras procesales en los expedientes para forzar a los acusados a una situación desesperada, buscando con ansias que se le rindiera pleitesía y genoflexión con dólares o euros en las manos para acceder a reconocer la inocencia palpable que los expedientes arrojaban. Para la juez María, los dogmas del derecho eran inexistentes; despreciaba con cinismo el principio de presunción de inocencia universal, pisoteaba la tutela judicial efectiva y el axioma de que en la duda se debe favorecer al reo (in dubio pro reo). Si no quería ser condenado aún siendo inocente, el acusado se veía obligado a pagar el peaje de la extorsión de la juez María, simplemente para despertarla del letargo de desconocer el principio iura novit curia (el juez conoce el derecho), pues de lo contrario, este tándem (juez y fiscal) delictivo acusaba y condenaba a personas íntegras con una insania e impunidad espantosas para demostrar que bajo su mando la ley carecía de valor y que ellas eran la ley.

Las millonarias sumas obtenidas mediante este chantaje institucional alimentaban un obsceno despliegue de signos exteriores de riqueza. El dinero negro y sucio no solo servía para costear cirugías estéticas, moldear su cuerpo y ponerse «tuning» operándose las tetas y las nalgas —lo cual era apenas una arista de su codicia—, sino que financiaba la adquisición de lujosas camionetas y fortunas escondidas a través de testaferros. En el abismo, sin embargo, esa opulencia malhabida y esa vanidad quirúrgica se transformaron en su peor suplicio: el fuego eterno hacía que el silicón implantado en sus tetas y nalgas se le derretía interminablemente, ardiendo en carne viva de manera cíclica, repetida e inacabable como castigo a su codicia y frivolidad, como castigo a su narcisismo, a su psicopatía y a su sadismo.

Por esta razón, la visión del sacerdote describe cómo en el abismo es el mismísimo Satanás (El Príncipe de Persia) quien coordina personalmente el tormento de este tándem de extorsionadoras. El príncipe de las tinieblas les recuerda a gritos con voces estruendosas, monstruosas e infernales, cada ensañamiento en contra de los inocentes, mientras una horda de demonios implacables desgarran sus gargantas, obligándolas a tragar como lava ardiente el mismo fuego que representa el dinero sucio que acumularon de forma coordinada a costa de condenar inocentes en la tierra. No hay apelación ni amparo posible en esa fosa de pánico absoluto; la antigua juzgadora, que en la tierra miraba y trataba con desprecio absoluto a la defensa técnica y utilizaba el banquillo de los acusados para chantajear a los inocentes, ahora gime de terror descontrolado en un castigo perpetuo y cíclico, convertida en el juguete de tortura de las huestes infernales.

En ese escenario de tormento, cada llama reclamaba y castigaba una de las tantas infamias cometidas por la juez María durante su ejercicio en los tribunales. El sacerdote dejó constancia de cómo los espíritus de la culpa le recordaban sus negocios turbios, el amaño descarado de expedientes y la firma de condenas injustas dictadas bajo el influjo del soborno y la sumisión ante el poder político. María, quien en la tierra se pavoneaba con altanería y pisoteaba los derechos procesales, se encontraba ahora en un estado de indefensión y humillación absoluta, devorada por el mismo fuego que ella encendió en vida al destruir la existencia de personas íntegras para saciar su codicia personal. El dolor eterno descrito por Dante Alighieri en su obra La divina comedia era apenas un asomo del verdadero dolor eterno que estaba sufriendo María en el infierno.

La perversión de su conducta judicial quedó evidenciada en la atroz naturaleza de sus sufrimientos, diseñados con precisión milimétrica para el eterno quejido de su alma. El cerebro de esta funcionaria, calificado en los registros espirituales como una auténtica basura de maldad e hipocresía, sufría el dolor de ver cómo su fortuna malhabida se transformaba en metal fundido sobre su pecho. Aquella togada que alguna vez fingió decencia y alardeó de falsos valores morales para enquistarse en las instituciones, quedó expuesta como una máquina de traición y prevaricación, condenada a escuchar los alaridos de las víctimas que arruinó con sus dictámenes aberrantes.

La otrora llamada «La castigadora» ahora estaba siendo castigada en el cíclico dolor eterno e interminable del infierno. El testimonio de la juez María en el infierno constituye una alerta fulminante para el ecosistema judicial contemporáneo y para quienes creen que la impunidad de las mafias es eterna. La justicia divina, libre de los vicios y los maletines de dinero que este grupo manejaba a su antojo, demuestra que el abuso de poder se paga con el fuego interminable en el rigor de la condenación eterna. Esta crónica periodística prescinde de adornos líricos para dejar un mensaje contundente: aquellos perversos de uniforme o de toga que hoy comercian con la libertad ajena y destruyen vidas por encargo, están cavando desde ahora, con cada firma corrupta, su propio pasaporte hacia las llamas del abismo, porque se han comprado toda la tiquetería para entrar a ser lacerados por toda la eternidad por Lucifer.

«El infierno de los vivos no es algo que será; si hay uno, es aquel que ya está aquí, el infierno que habitamos todos los días, el que formamos estando juntos». — Italo Calvino, Las ciudades invisibles (1972).

Dr. Crisanto Gregorio León
Profesor universitario 

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