Ángel González observó cómo al poner su mano sobre la corteza de un árbol las hormigas se detenían y daban la vuelta hasta encontrar el sitio por donde llegar a la raíz, al suficiente bocado de su hambre.
Esto es exactamente la maniobra que Marruecos, pacientemente, elabora hasta quedarse con una Ceuta invadida tras el exilio, por indefensión, de sus genuinos habitantes. Una mano es insuficiente para detener a la multitud exacerbada y dirigida por el “País amigo” que, con insoportable falsedad, defiende nuestro gobierno. Hay una flacidez vergonzosa en el músculo de la palabra cuando nuestros ministros en coro hablan de “normalidad” en Ceuta.
Juan José Vivas, el presidente de la Ciudad Autónoma, es un mártir del descaro oficial con que el gobierno de España está tratando su abandono. Milagro será que no le dé un infarto. Es un hombre bueno, justo e impotente para ir más allá de donde puede. El Ejército se estará mordiendo las uñas de ver que no le dejan.
Vergüenza debiera darnos a todos los españoles soportar lo que estamos soportando.