Por JOSE VALENZUELA
El secuestro del voto. La democracia española actual es un engaño envuelto en palabras de papel de regalo. Y no, la democracia es el latido indomable del pueblo, directo, y sin intermediarios. Así lo entendieron sus inventores: los atenienses.
La democracia es el romance eterno entre la voluntad de la calle y el destino de una nación. Es decir, el pueblo se expresa y el político ejecuta. Pero no cada cuatro años. Es la voz de los ciudadanos escribiendo su propia historia con soberanía.
En nuestra democracia, ese romance está muerto y aún peor, se ha convertido en negocio. Los políticos nos hablan con la boca llena de miedo. Tienen pánico a las urnas directas, al referéndum limpio y a la pregunta incómoda. Quien teme escuchar el rugido de sus ciudadanos no es un líder; es solo un usurpador asustado.
La esencia de la democracia es la consulta perpetua, el diálogo diario entre iguales, no un cheque en blanco firmado cada cuatro años en la penumbra de un colegio electoral.
La gran estafa constitucional. El sistema actual se sostiene sobre una fría traición jurídica: el mandato representativo. La ley consagra que el político, una vez elegido, se independiza de sus votantes. Más la verdad auténtica, la vedad democrática, es que nadie representa a nadie al cien por cien, salvo él mismo.
Pero el falso dogma nos da a entender que el político no está ligado a tus esperanzas, que tus instrucciones no le importan y que puede apuñalar su propio programa sin consecuencias. Y eso no es democracia. El mandato representativo es una aristocracia camuflada que encarcela la libertad. Pero aristocracia interpretada en el peor sentido aristotélico, es decir, en el de gobierno de pocos (que en este caso son demasiados) para mal, a lo que el sabio llamaba oligarquía.
Es un pacto de sumisión total y temporal donde entregas tu voz a cambio de un silencio de mil quinientos días. A nadie representan quienes no se mueven del sillón en cuatro años. El representante debe ser un eco fiel de la calle, una extensión de su alma. Es hora de romper este secuestro legal.
Política por amor, no por dinero. Para desmantelar el frío engranaje de los partidos, el cargo político debe ser estrictamente gratuito. Se debe gobernar por pura vocación romántica, por el noble orgullo de servir, jamás por enriquecimiento personal. Los sueldos millonarios y los privilegios de la casta dirigente se debieran terminar de inmediato. La política debe ser un honor, no un botín. Así que en un sistema democrático ideal:
El espejo del norte: El despertar de la utopía. Esto no es una ilusoria fantasía de poetas; es el día a día en sociedades que creen en el respeto. Miremos el ejemplo de Suecia. En Estocolmo, los parlamentarios viven en apartamentos oficiales de apenas cuarenta metros cuadrados. No existen los chóferes privados. Los diputados lavan su ropa y viajan en el metro, mezclando su aliento con el de los ciudadanos que los votaron.
Miremos el modelo de Suiza. El parlamento de Berna funciona con un hermoso sistema de milicias. Los legisladores no son profesionales del Estado; mantienen sus trabajos civiles en empresas, campos y fábricas mientras aprueban las leyes del país. La política allí es un servicio civil a tiempo parcial, una ofrenda a la comunidad, no una pasarela para hacerse millonario.
El juicio final del pueblo. El control de la ley no puede seguir en manos de jueces nombrados en despachos oscuros por los propios partidos políticos. Es el lobo vigilando el rebaño. El político siempre será juzgado por un tribunal popular.
Quienes tienen el poder de elevarlos con su esperanza, deben tener el poder de juzgarlos con su justicia. Los ciudadanos de a pie se sentarán en el tribunal para castigar la traición al juramento, el robo del erario y la incompetencia del soberbio. Solo así, con la mirada limpia del pueblo, la soberanía volverá a manos de sus verdaderos y legítimos dueños, que son los ciudadanos, no los políticos.
¡Quien no pregunta al pueblo, no le representa! Devuélvanse ya las llaves del Estado a su legítimo dueño.
José Valenzuela