En el devenir histórico del pensamiento jurídico y filosófico, la rememoración de los procesos penales más paradigmáticos exige examinar las fallas estructurales del juzgamiento humano. El juzgamiento de Jesús de Nazaret constituye el primer gran juicio penal de alcance universal, donde las garantías procesales más elementales resultaron sacrificadas en aras de la conveniencia política y la agitación social. Aquel hombre que predicaba la justicia, el amor y la rectitud moral fue sometido a una persecución sistemática por cuestionar los vicios de las estructuras de poder de su tiempo. La pretensión de silenciar la verdad mediante el uso instrumental del aparato del Estado representa la manifestación más arcaica de la arbitrariedad judicial. El proceso incoado contra el Nazareno constituye una lección histórica sobre los riesgos de la manipulación de la justicia.
Las actuaciones procesales seguidas en aquel trance histórico carecieron de la imparcialidad y la independencia indispensables para la administración de un juzgamiento equitativo. El juzgador, actuando como representante del poder imperial romano, no ofreció las garantías procesales ni la neutralidad exigidas a quien tiene el deber supremo de administrar justicia. Frente a la acusación vacía y la falta de pruebas objetivas, la autoridad optó por ceder ante la presión de los sectores interesados en erradicar un mensaje de renovación espiritual e institutional. La renuncia a la búsqueda de la verdad objetiva para complacer las pretensiones de grupos de poder despojó a aquel juzgamiento de toda legitimidad jurídica. La falta de imparcialidad procesal despoja al acto de juzgar de su esencia ético-jurídica y consolida la arbitrariedad.
La multitud congregada en aquel escenario histórico fue manipulada por grupos de interés que promovieron la liberación de Barrabás, un hombre procesado y condenado por delitos comunes y actos de violencia. Este fenómeno refleja cómo la histeria colectiva y el sesgo mediático pueden pervertir el discernimiento de la ciudadanía, llevando a la masa a solicitar el perdón del verdadero infractor mientras exigía el castigo del inocente. La sustitución del análisis riguroso de los hechos por el grito estridente de la muchedumbre demuestra la fragilidad de los sistemas de juzgamiento cuando quedan expuestos al populismo y a la presión social. La manipulación del juicio popular por parte de sectores interesados pervierte el sentido de la equidad social.
El dilema planteado entre la inocencia del justo y la impunidad del criminal evidencia la perversión de las instituciones encargadas de velar por el orden social. Quienes promovieron el enjuiciamiento de Jesús no buscaban la aplicación recta de la ley, sino la preservación de sus privilegios y el ahogamiento de cualquier postura crítica. En este contexto, la entrega de un hombre justo al suplicio mientras se otorgaba la gracia a un procesado por crímenes manifiestos constituye la mayor distorsión de la función jurisdiccional en la historia del pensamiento humano. La impunidad otorgada al delito en detrimento del inocente representa la mayor quiebra de la función jurisdiccional.
A lo largo de los siglos, la lección ética y jurídica derivada de este juzgamiento histórico mantiene una vigencia incuestionable para todas las naciones civilizadas. La tentación de ceder ante la conveniencia del momento, sacrificando los principios fundamentales del debido proceso y la dignidad humana, reaparece con frecuencia cuando el poder desatiende los límites del ordenamiento jurídico. Los juristas, magistrados y académicos de la ciencia del Derecho deben mantenerse vigilantes ante las formas contemporáneas de arbitrariedad que pretenden vestir de legalidad lo que en esencia constituye una flagrante injusticia. El respeto incondicional a las garantías procesales garantiza la intangibilidad de los derechos fundamentales de la persona.
El perfeccionamiento de las instituciones jurídicas en la sociedad moderna exige un compromiso inquebrantable con la verdad, la equidad y la tutela judicial efectiva. Las sociedades humanas progresan de manera sustancial cuando aseguran que ningún tribunal responda a presiones ajenas a la recta interpretación de la norma y a la valoración objetiva de las pruebas. Mantener viva la memoria de las grandes injusticias del pasado permite consolidar un sistema penal respetuoso de la inocencia y al servicio de la verdadera justicia. La búsqueda innegociable del Derecho auténtico constituye el único pilar capaz de sostener una convivencia verdaderamente libre y pacífica. La lealtad hacia la justicia objetiva y el debido proceso preserva la libertad de las naciones civilizadas.
«Cuando la pasión de la masa sofoca la voz del juez recto, la ley deja de proteger al justo para convertirse en instrumento de condena.» — José Ortega y Gasset
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor universitario
Originalísima y brillante exposición del Dr. Crisanto sobre el juicio de Jesús, con referencia a principios fundamentales del derecho. Esta forma de tratar el proceso ante Pilatos debería, por su actualidad, mencionarse en las celebraciones religiosas. Interesante disección sobre los inocentes expuestos ante los tribunales.
Mis respetos y saludos letrado José Eladio Camacho