Aquella niña de la estación que cantaba doña Concha Piquer, con su tiempo siempre disponible para saludar con un pañuelo de soledad a cuantos pasaban en sus trenes, asomados por las ventanillas de madera, en los machadianos asientos de tercera. Aquella niña de la copla que terminó casada con el jefe de estación, sin demasiado provecho afectivo porque él murió a los pocos días de dos anginas de pecho, nada tiene que ver con Jerónima Riquelme Rodriguez, dama hacendosa a sueldo de su partido para invitar a los que llegaran a Veraluz a empadronarse y, de paso, darles la bienvenida de parte del alcalde, que era de la misma voluntad política que Jerónima.
Ese día de junio de 2026 llegó el tren con dos horas de retraso, pero Jerónima con su abanico de plumas esperaba a los viajeros con su idea preconcebida. Del último coche vio salir a una señora con cinco niños y dos perros, cuatro maletas que arrastraban en un carrito y un loro en su jaula dorada que respiraba con dificultad los vapores del verano.
Al entablar conversación con ella, Jerónima le prometió indulto, si lo necesitaba, pasaporte a cambio de votos y una paguita adecuada para el chocolate del loro.