“Cállate, que vamos a dialogar!… así empiezan los dictadores de todos los tiempos a justificar su predisposición a “entenderse” con los contrarios. Pero no es más que un ardid de carnaval veneciano para intentar conseguir con apariencias lo que sólo puede alcanzarse por la fuerza.
El Presidente de EEUU se equivoca si cree que con los ayatolás se puede llegar a un acuerdo. Los fanáticos, y los religiosos más todavía, se han hecho a medida sus propias anteojeras y sólo ven aquello que tienen delante. Y si les conviene. Los dictadores en nombre de Dios han construido una camisa de fuerza mesiánica que valida ante los suyos una aparente libertad esclavizada.
Los del PP merodean el horizonte como cigüeñas sin nido creyendo que con Junts y otros pájaros de mal agüero independentistas se puede razonar. Es inútil que madruguéis, que gastéis con ellos el pan de la fatiga. Quebrarán cualquier idea que favorezca a España: no se sienten españoles, tampoco catalanes ni vascos, se sienten libertarios en una dulce batalla que les reditúa sine die y que ampara su desolación.
Juegan al escondite con todas las miserias.