Me dijeron en la recepción del hotel que, desde la habitación, vería el sol a la tarde cayéndose en el mar, pero yo sólo vi un limón amarillo florecer en la rama, pasar del verde al soleado en un instante, como de la niñez a la juventud saltan los niños mientras juegan a ser super héroes de mentirijillas para irse acostumbrando a lo imposible.
Inevitablemente, sin embargo, el sol se va poniendo aunque yo no quiera verlo desde la habitación 335 adonde acabo de llegar para constatar nuevamente los prodigios del silencio. Enfrente del ventanal, sobre el tronco de un árbol, un papel grande y sujeto con cinta adhesiva: “No pasar. Obras”.
¿Cómo se restaura la vida desgastada? ¿Qué albañiles reponen los mármoles caídos?
Con atroz disimulo cae la tarde también sobre las obras intransitables de cada día. El tiempo tiene prisa por llegar a la otra orilla y no atiende razones de los que trabajan en la restauración de su vida. Llega la hora y te empuja como si muchos, en otro sitio, lo esperaran.
Los pájaros, que no están advertidos, no saben dónde esconderse.
Pedro Villarejo