No se puede creer en la gente que quebranta principios (ii)

15 de junio de 2026
4 minutos de lectura

«Qué se puede esperar del rebaño si el propio pastor Luis no cumple su palabra»

«El que jura en daño suyo, y por ello no cambia» — Salmo 15:4

La palabra empeñada es, en esencia, la arquitectura sobre la que construimos nuestra identidad frente al prójimo. Sin embargo, nos enfrentamos a una realidad lacerante: existen individuos para quienes el compromiso no es un vínculo sagrado, sino un mecanismo de manipulación temporal. Esos sujetos que quebrantan principios no solo incumplen un acuerdo, sino que ejecutan una verdadera burla hacia quienes, actuando de buena fe, les brindaron confianza, apoyo y recursos. Cuando alguien contrae una deuda y, llegada la hora de honrarla, despliega un arsenal de artimañas, no solo está evadiendo una responsabilidad económica; está demostrando que su escala de valores es maleable y que su integridad es, simplemente, una mercancía sujeta a la conveniencia del momento.

Es particularmente doloroso observar cuando se instrumentaliza lo sagrado para validar una mentira. Nos encontramos, con frecuencia, con individuos —incluidos pastores o líderes espirituales— que invocan la fe como respaldo de su palabra para obtener un beneficio, prometiendo pagos o retribuciones con la seguridad de quien se siente avalado por Dios. No obstante, al momento de cumplir, deshonran ese mismo nombre que invocaron, olvidando que la verdadera espiritualidad se demuestra en la rectitud del trato cotidiano.

 Como escribió el insigne autor húngaro Sándor Márai en su obra «Confesiones de un burgués» (1934, Editorial Révai), la vida no es sino la suma de nuestras decisiones y la fidelidad hacia los compromisos asumidos. Si esto ocurre con quienes ocupan un púlpito y predican doctrina, ¿qué podemos esperar del ciudadano común, del hombre de la calle que ni siquiera ostenta esa investidura? El ejemplo que emana de los líderes se torna en un permiso tácito para que el ciudadano de a pie normalice el incumplimiento, pues si el pastor engaña, la norma moral se desvanece para todos.

La dinámica del impago suele seguir un guion previsible y cobarde. Una vez que el compromiso ha sido contraído y el servicio o el dinero ha sido entregado, el deudor comienza a transformarse. La cortesía inicial desaparece para dar paso al ghosting, a la evasión sistemática y a un silencio deliberado. Lo más cínico de esta conducta es la inversión de roles: cuando el acreedor, con total derecho, reclama el pago, el deudor se siente «ofendido». Utilizan la indignación como un escudo, transformándose en víctimas de un supuesto acoso para justificar, ante sí mismos y ante los demás, su decisión de no pagar. Es la táctica del que no tiene argumentos morales: convertir la legítima exigencia de cumplimiento en una rencilla innecesaria para desviar la atención de su propio incumplimiento.

«La integridad de los rectos los encaminará; pero destruirá a los pecadores la perversidad de ellos.» — Proverbios 11:3

Este comportamiento no es casual; es un síntoma de una patología social donde el respeto al otro ha dejado de ser un valor. Aquellos que quebrantan principios se sienten impunes porque han aprendido que, en una sociedad relajada, el descaro suele prevalecer sobre la honestidad. Sin embargo, no comprenden que al destruir la confianza de su círculo, están cavando su propia tumba social. Siguiendo la lucidez de Sándor Márai, quien analizó con rigor la decadencia de la honestidad, el hombre que vive engañando para no pagar lo que debe, tarde o temprano deberá enfrentarse al vacío de su propia existencia. Nadie que quebrante su palabra puede sentirse verdaderamente en paz, pues el éxito fraudulento, burlón y perverso es un éxito que no tiene validación espiritual.

El daño que provocan estas personas trasciende lo material. Cuando un individuo se esconde, falta al respeto y provoca conflictos para no pagar, corroe el tejido de la solidaridad humana. Si el ciudadano común observa que la deshonestidad no tiene consecuencias, se siente tentado a abandonar sus propios principios. Por ello, es imperativo denunciar estas artimañas con firmeza. La decencia no debe ser confundida con la pasividad; exigir que se cumpla la palabra dada es un acto de justicia y una defensa de los valores fundamentales que deben regir nuestra convivencia. No se debe otorgar el beneficio de la duda a quien ha demostrado, con hechos, que su palabra no tiene valor alguno.

En definitiva, la lección es clara: debemos ser cautos con quienes consideran que el incumplimiento es una estrategia válida. El hombre que honra sus deudas, aun cuando el pago le resulte oneroso, es un hombre libre; el que huye, se esconde y monta artimañas para no pagar, es un prisionero de su propia mediocridad. Debemos aspirar a una sociedad donde la palabra tenga peso de ley y donde la deshonra de no pagar sea un estigma social, no una estrategia de supervivencia. La integridad no es negociable, y quien la quebranta debe asumir la consecuencia de quedar fuera del círculo de la confianza, ese espacio sagrado donde solo habitan los hombres y mujeres que, con su conducta, honran la dignidad humana.

«La integridad es el valor que nos permite ser dueños de nuestro propio destino.» — Mario Vargas Llosa

Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario

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