¡Vaya!, ¿será que hay algo que este hombre no sepa hacer?

8 de junio de 2026
2 minutos de lectura
«La verdadera excelencia no es un acto aislado, sino una sinfonía donde el intelecto y el espíritu se encuentran; solo aquellos que comprenden la belleza del arte pueden ejercer la función pública con la delicadeza que la humanidad reclama.»

Observar el ejercicio público desde la óptica del derecho exige, invariablemente, un rigor analítico que pocas veces encuentra satisfacción en la política de nuestros tiempos. Si yo estuviera escribiendo bajo la licencia coloquial de la idiosincrasia colombiana, titularía esta nota bajo la expresión «¡Joda!, ¿será que hay algo que este man no sepa hacer?». En dicho contexto, el término «joda» funciona como una interjección de asombro absoluto, un marcador de admiración —bajo ningún concepto despectivo— ante lo extraordinario, mientras que el anglicismo «man» se adopta con naturalidad para referirse al hombre. Sin embargo, reconociendo la diversidad de nuestras audiencias y el respeto a la acepción del término en la madre patria —donde el verbo del que deriva posee una carga semántica distinta—, he preferido esta variante para el encabezado, conservando intacta la esencia del asombro.

Cuando surge una figura como la del Dr. Abelardo de la Espriella, el panorama se transforma. No solo asistimos al despliegue de una capacidad argumentativa propia de quien ha hecho de la academia su trinchera, sino a la irrupción de un humanismo renacentista que nos recuerda que el abogado es, ante todo, un hombre sensible a la cultura y capaz de elevar su espíritu a través del arte.

Resulta, por decir lo menos, refrescante —y para quienes vestimos la toga, motivo de legítimo orgullo— encontrar a un colega cuya preparación trasciende el texto legal para abrazar la alta cultura. Me resultó impactante escuchar al Dr. Abelardo de la Espriella interpretar ’O sole mio. Lo hizo con una destreza técnica tan notable y una profundidad emocional tan genuina, que por un instante la duda se instaló en mi juicio: la potencia lírica y el dominio absoluto de las escalas me hicieron sentir que no era él quien cantaba, sino el propio Maestro Luciano Pavarotti regresando a través de su voz.

Esta interpretación magistral no es casualidad. Lo que presenciamos es el dominio del bel canto —ese «canto bello» italiano que exige una disciplina técnica implacable, un control magistral del aliento y una pureza tonal que pocos se atreven a intentar—. Cuando el Dr. Abelardo de la Espriella aborda esta pieza, no está simplemente entonando una canción; está ejecutando una cátedra de técnica vocal, demostrando que su formación no conoce de fronteras. El bel canto es, en esencia, la búsqueda de la belleza sonora a través del dominio del propio instrumento físico, y él lo proyecta con una naturalidad que desarma a cualquier crítico.

El Dr. Abelardo de la Espriella proyecta una forma de entender la vida: el estudio constante, la elegancia en la forma y la contundencia en el fondo. En un mundo donde la superficie suele desplazar a la sustancia, su trayectoria nos demuestra que la inteligencia no está reñida con la sensibilidad artística, ni la autoridad legal con la calidad humana. Como colegas, nos sentimos representados por esta síntesis de sapiencia, carisma y capacidad interpretativa; es, en definitiva, el recordatorio de que la capacidad de liderar nace de la capacidad de cultivar todas las facetas del ser, de la misma manera que un virtuoso cultiva cada nota en una partitura.

«La excelencia en el derecho es el tributo que el intelecto paga a la justicia, pero la belleza en el arte es el regalo que el alma entrega a la libertad, recordándonos que un hombre completo es aquel que, al igual que en la música, sabe armonizar cada una de sus virtudes en beneficio del colectivo.»

Dr. Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario

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