Sin que suene a frivolidad o irreverencia podrían aplicársele, a la hasta hace muy poquito Ministra de Hacienda, los primeros versos del Cántico Espiritual: “ ¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido. Como el ciervo huiste habiéndome herido. Salí tras ti clamando y eras ido”. Poque se ha ido, avergonzada, esta señora de las palmas torcidas en el fracaso andaluz; esta médico que ha conseguido enfermar a toda una nación con impuestos encadenados a sus servidumbres.
Si se suman, “primas”, secretarias, asesores, validos sin valimiento, familiares colocados sin más, despachos por la cara…esto se llamaba antes una “merienda de negros”, aunque ahora los negros ya meriendan por su cuenta. Imposible pagar tanto avasallamiento de vasallos que viven de un cuento interminable, parecido al de las Mil y una noches. Demasiadas noches llevamos ya soportando un despilfarro cruel que asfixia irremediablemente a los trabajadores sin sitio donde esconderse de sus rapiñas. Impuestos hay que pagar, pero no para este río de impudicias y descaros, establecido en la costumbre del Gobierno.
Se ha escondido la señora exministra del ramo sin el beso agradecido que merece.