«La gente no suele mirar profundamente al interior de las personas, por eso es tan fácil engañarlos.» — Hannibal Lecter, en el filme El silencio de los inocentes.
— «No eran dos discutiendo, era una sola mujer vociferante agrediendo y atacando impunemente a un hombre.» —
La puesta en escena de la patología narcisista en los espacios del poder público no conoce límites decorosos cuando el agresor se siente amparado por la impunidad.
No hubo roces, no hubo intercambios ni diálogos; fue una arremetida unilateral absoluta, un monólogo gritón y agresivo sostenido por la funcionaria, una emboscada quirúrgicamente planificada, ejecutada con premeditación, alevosía, ventaja y sobre seguro. Fue una «concha de mango» —esa trampa artera arrojada al piso para que el incauto resbale, caiga y sufra un daño irreparable—, diseñada con una precisión matemática para aniquilar. La funcionaria, investida de una autoridad que le quedaba grande, actuó con la convicción de quien es dueña del territorio, ejecutándose tal cual una depredadora en su propio ecosistema. No era una selva, era un recinto donde se presume civilidad, pero ella, quien debería garantizar ecuanimidad y compostura, se despojó de toda humanidad para encarnar, a borbotones, la vívida figura de una bestia depredadora en plena cacería. Fue un acto de barbarie donde, convertida en un ariete de intereses oscuros, desnudó su naturaleza psicopática en fase activa, transformando un espacio de derecho en una cloaca de insultos, gritos y descalificaciones que arrasaron con cualquier vestigio de institucionalidad, dejando claro que su investidura era solo un disfraz para su propia miseria moral.
Para ilustrar con nitidez que lo aquí narrado fue una agresión indecente, absoluta y puramente unilateral, resulta pertinente acudir a la metáfora del depredador que, oculto entre la maleza, espera a su presa. Al igual que la escena en El silencio de los inocentes donde el asesino acecha a sus víctimas desde la oscuridad de su sótano, la funcionaria permanecía a la espera. La presa no ofrecía ni un solo estímulo hostil, pero para el depredador esto es irrelevante; su naturaleza es el ataque, y su objetivo es la destrucción unilateral. Así operó esta mujer: desde la sombra de su autoridad, emergió para embestir con una ferocidad que solo puede entenderse desde el instinto de caza más primitivo.
Esta lógica de caza se complementa con un ejemplo analógico humano que termina de desmantelar cualquier tesis de bidireccionalidad:
«Un padre, harto de la violencia física de su hijo, decidió dejar de defenderse físicamente ante los ojos de su esposa. Ella, acostumbrada a decir ‘ustedes no se comprenden’ para repartir culpas equitativamente, quedó finalmente sin argumentos cuando vio que el hijo golpeaba al padre y este, con los brazos caídos, no ofrecía resistencia alguna. Fue allí, ante el silencio y la inmovilidad del padre, donde la madre comprendió, por fin, que no había ‘ustedes’ en disputa, sino una agresión unilateral, feroz e inmisericorde, ejercida únicamente por quien, cegado por el odio, golpeaba a quien no respondía.»
La dinámica que se expone en el relato anterior es idéntica a la vivida por el profesional ante el ataque de la funcionaria, y sirve para demostrar que, ante un evento sorpresivo y violento, el hombre reaccionó mediante una parálisis tónica. Esta respuesta psicológica, propia de quien recibe un impacto emocional como un balde de agua fría, dejó patente que no existió contienda, sino una embestida ejecutada de forma exclusiva por la mujer a través de su monólogo agresivo. El hombre, sumido en su inmovilidad defensiva, se negó a otorgar a su agresora el regalo de la réplica, desnudando ante los testigos la naturaleza de ella. La funcionaria, en su arremetida, manifestó un trastorno explosivo intermitente que la alejaba de toda sensatez, exhibiendo una personalidad fragmentada donde su fachada de decoro se disolvió para revelar una psicopatía desatada. Era una verdadera bestia: movía la boca con una tensión espasmódica, escupiendo palabras con veneno, mientras sus ademanes eran una coreografía de la maldad. Levantaba los brazos con una agresividad desmedida, gesticulaba de forma grotesca y su rostro, deformado por la ira, revelaba a un ser que había perdido toda huella de humanidad.
La asimetría en este caso fue insultante: por un lado, una mujer investida de autoridad que debería ser garante de derechos, y por el otro, un hombre sometido a un calvario de humillaciones sin que se le brindara una sola garantía.
Ella se convirtió en el verdugo de su propio cargo, usando su posición como un garrote para aplastar a un individuo que, debido a la naturaleza traumática y súbita del ataque, se mantuvo en silencio y estoicismo. La peligrosidad de esta celada era tal que, si el hombre hubiera hecho el más mínimo gesto de defensa o hubiera respondido con un ademán de hartazgo, todo lo que ella dijo e hizo habría sido retorcido por sus cómplices para imputárselo a él. Ella, en su fase psicopática activa, se alimentaba del sufrimiento ajeno, sintiéndose la jugadora libre que gambetea sin que nadie la detenga; una ganadora en su propio torneo de infamia donde ella misma dictaba las reglas, sudando psicopatía por cada poro.
En este acto de hostigamiento, la agresora se limpió el trasero con el Estado de Derecho, los Derechos Humanos y el sagrado principio de presunción de inocencia. Atacó al profesional de manera inclemente, juzgándolo de antemano, sentenciándolo como culpable de acciones deleznables que solo habitaban en su imaginación perversa. Los calificativos que escupía estaban totalmente descontextualizados, siendo insultos inmerecidos y absurdos que solo confirmaban su absoluta desconexión con la realidad y su afán por destruir al otro. La mujer no operaba bajo lógica legal alguna, sino bajo el dictado de su propia patología. Esta agresión indecente, ejecutada con una vileza desprovista de recato, demostró que ella, quien debía ser garante de la ley y el respeto a la condición humana, fue la única y exclusiva artífice de una atrocidad institucionalizada que no tiene defensa ni justificación.
Al final, este evento es una lección sobre la fragilidad del sistema. La agresora falló porque su plan dependía exclusivamente de la debilidad ajena, y encontró en el profesional una fortaleza que no pudo doblegar. Aquellos que operaban en las sombras se quedaron con las manos vacías, viendo cómo su marioneta terminaba consumida por el desgaste de su propio veneno. La justicia no puede ser el instrumento de una celada, ni una estratagema para cazar inocentes; el desborde, la gesticulación violenta y la trampa son síntomas de una psicopatía que debe ser extirpada de la administración pública. La integridad del hombre que se mantiene en silencio frente a la tempestad de la maldad es, en última instancia, el triunfo de la decencia frente al aquelarre de la injusticia institucional.
Nota técnica: El presente texto expone un acontecimiento fáctico y verídico, cuya narrativa se presenta bajo la técnica de la ficción jurídica para preservar la integridad de los sujetos involucrados y proteger a los inocentes, en estricto cumplimiento de los estándares internacionales de confidencialidad y ética profesional. Este ejercicio de escritura se fundamenta en el derecho fundamental a la libertad de expresión y creación intelectual, amparado por los principios de la UNESCO, y se acoge a la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre la protección del discurso crítico y de interés público. Asimismo, esta pieza constituye un ejercicio legítimo de contraloría social, herramienta constitucional y democrática mediante la cual el ciudadano ejerce el control sobre la administración pública. El relato describe la conducta de una mujer «zumbada» —en su acepción de persona que ha perdido el juicio, actuando con un desequilibrio errático y una impulsividad irracional propia de quien, sintiéndose falsamente apoyada por el poder, se lanza hacia adelante sin medir consecuencias—. Se aclara que la omisión de nombres y apellidos no altera la veracidad de los hechos; por tanto, cualquier pretensión de autoincriminación mediante la asociación personal constituye una «excusatio non petita, accusatio manifesta» (quien se excusa sin habérselo pedido, declara su propia culpabilidad). Si no es contigo, que te resbale; pero si la verdadera protagonista de este hecho busca dar un uso perverso a la libertad de pensamiento para censurar la realidad bajo la excusa de la ficción, solo confirma su afán por ocultar la infamia. La reserva de la identidad es, ante todo, un escudo para proteger a los inocentes y al profesional objeto de esta agresión, frente a quienes pretenden que el abuso institucional y la barbarie permanezcan ocultos en la sombra.
«No podemos controlar a los demás, Clarice; solo podemos controlar nuestras reacciones ante su locura.» — Hannibal Lecter, en el filme El silencio de los inocentes.