Mi padre, que fue jugador local al estilo de Zinedine Zidane, nos inculcó una cierta devoción al Real Madrid que en mí sigue vigente sin fanatismo, sólo con epidérmicas satisfacciones cuando gana y mínimos desconsuelos cuando pierde. Con cierta edad reflexiva ya pude entender que mi padre hizo un acertado desglose en la elección, desechando al Club de Fútbol Barcelona por una cuestión de estilos.
Siempre más elegante y sobrio en su discurso el Real Madrid frente al otro, con un desliz de desprecio a los “diferentes”. Hoy, desde el respetable ángulo de la indiferencia creo que ambos clubes tienen los mismo defectos, interesados arbitrajes, futbolistas díscolos por millonarios y presidentes con ribetes de omnipotencia atormentada.
El Real Madrid se siente acosado y acusado de tener un banquillo irreconocible y caprichoso a la hora de desterrar entrenadores serios, honestos y disciplinados como Xavi Alonso. Su presidente, con la misma edad que Trump y semejante postura, no admite fácilmente las críticas porque se siente triunfador. En parte, con toda razón.
Y el Barcelona, como es más que un Club, con su pan se lo coma.
Pedro Villarejo