[ DECRETO DEL AVERNO ]
“Yo, el Amo de las Tinieblas, os digo: No busquéis piedad en mis dominios, pues no la tuvisteis en vuestros estrados. Vuestra saña contra el inocente es la medida exacta del tormento que os tengo reservado. Al cruzar mi umbral, os aguardo con el mismo tridente de desprecio con que pinchasteis la dignidad ajena. Aquí, vuestra echonería será vuestro grillete y vuestra soberbia el combustible de vuestra hoguera. Vuestra sentencia es eterna y vuestro efímero poder… ya es ceniza.”
Bajo el palio de una justicia que ha extraviado su brújula, se erige el «Tribunal de la Condenación», un recinto donde la majestad de la ley ha sido suplantada por el narcisismo patológico de quienes visten la toga. En este escenario, el juzgador no inquiere la verdad, sino la validación de su propio prejuicio. Son figuras imbuidas en una infalibilidad inexistente, ensimismadas en un eco de autoritarismo donde la humildad se interpreta como debilidad y la arrogancia como atributo de mando. Estos funcionarios, poseídos por un poder circunstancial y efímero, se observan en el azogue de su propia vanidad, creyéndose deidades encargadas de purgar el mundo, cuando en realidad solo alimentan una psicopatología del ego que los escinde de la realidad humana. Ignoran que la silla que ocupan es un préstamo del destino y que el estrado no es un trono, sino una carga ética que hoy deshonran.
La atmósfera en estos tribunales resulta pestilente, no por la ausencia de higiene, sino por la descomposición moral que emana de sus estrados. Existe una consigna tácita y perversa: no hay inocentes. Para estos magistrados, todo aquel que cruza el umbral de su sala con una acusación a cuestas ya ha sido sentenciado en el fuero interno de su desprecio visceral. La presunción de inocencia es, para ellos, un estorbo procesal, una impertinencia que interfiere con su insaciable apetito de castigo. Se regodean en la sanción, disfrutan del peso de su mazo y actúan con una echonería provocadora que raya en lo delictivo. Son seres burlones que destilan sarcasmo sobre el drama ajeno, olvidando que su función no es la de un verdugo emocional, sino la de un árbitro imparcial que debe buscar la equidad por encima de su propia y mezquina sed de protagonismo.
El trato hacia los abogados defensores es el termómetro de su miseria humana. Estos tribunales desprecian el derecho a la defensa porque lo consideran un obstáculo para su maquinaria condenatoria. Vilipendian a los profesionales, los minimizan con gestos altaneros y palabras cargadas de ponzoña, intentando quebrar el espíritu de quien busca justicia. Sin embargo, surge una contradicción patética en su pedantería: se sienten profundamente ofendidos y se victimizan cuando reciben una respuesta firme y digna ante sus maltratos. Es una reacción cobarde; agreden desde la impunidad del cargo, pero gimen cuando el abogado, en un acto de legítima defensa de su decoro, les devuelve el reflejo de su propia bajeza. No toleran la verticalidad ajena; exigen un respeto que ellos mismos han asesinado con su conducta hostil y su vergonzosa carencia de ética.
Estos personajes se sienten hoy enseñoreados, embriagados por una justicia injusta que ejecutan con placer sádico. Viven en la quimera de la permanencia vitalicia, creyendo que los escenarios no cambiarán y que el mazo siempre estará en sus manos. En su delirio de grandeza, han desoído la máxima del Memento Mori: aquella advertencia que el siervo susurraba al general triunfante para recordarle su finitud. Hoy disfrutan explotando su cuota de mando, ignorando que cada sentencia arbitraria, cada burla y cada desprecio es un ticket hacia su propia condena. Están acumulando toda la tiquetería moral para ser ellos los sentenciados al finalizar sus días, pues siembran una tempestad de la que no podrán escapar cuando el viento del poder sople en dirección contraria, dejándolos a merced de la memoria histórica.
La dinámica interna de estos tribunales se asemeja a un nido de ofidios; se enroscan entre sí, se difaman y cambian de piel según la conveniencia del momento. Son expertos en denigrar de los litigantes en la clandestinidad de sus pasillos, pero se rasgan las vestiduras cuando la respuesta del agredido pone en evidencia su falta de hidalguía. Esta estela de personas disgustadas, de abogados humillados y de familias fragmentadas por su soberbia, constituye el foso existencial que ellos mismos están cavando. Quien hace del cargo una trinchera para el odio, termina siendo víctima de su propio diseño. Su autoridad es una burbuja que, al estallar, los dejará desnudos frente a una sociedad que los recordará no por su jerarquía, sino por la fetidez de sus actos.
Finalmente, la psicología de este «tribunal de la condenación» revela una atrofia del alma. Se sienten magnánimos mientras pisotean, pero en el fondo son seres minúsculos que necesitan el terror ajeno para sentirse validados. Su pedantería es el escudo de su mediocridad. No comprenden que el derecho es un ejercicio de humanidad y no un látigo para el desahogo de frustraciones personales. Están labrando un destino de soledad y repudio, donde el peso de todas las injusticias cometidas recaerá sobre sus hombros. Quienes hoy se sientan en el trono del desprecio, están cimentando su propia ruina y cavando un foso que los deglutirá sin remedio. Que se cuiden los soberbios, pues el juicio de la conciencia será mucho más implacable que el que ellos hoy dictan con tanta ligereza y maldad.
Nota editorial: El presente artículo constituye una creación literaria para una crítica doctrinal en el marco del ejercicio de libertad de expresión sobre la praxis judicial abstracta. No está dirigido a ninguna persona natural o institución en particular. En consecuencia, Excusatio non petita, accusatio manifesta; quien se sienta aludido por las conductas aquí descritas, solo ratifica la veracidad de la crítica en su propio fuero interno.
“Quien se ensalza a sí mismo buscando la humillación ajena, termina por encontrar en su propia soberbia el verdugo de su memoria”. — Dr. Crisanto Gregorio León
Dr. Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario