Llegó a mi vida con la inocencia de no saber quién era:
-Vengo de Sevilla a veranear en Veraluz porque mi abuela tiene en el pueblo una casa grande con muchas macetas en el patio y una sala de recibir isabelina en la que no se puede jugar porque está reservada a las visitas que vienen de fuera con regalos.
Doña Catalina, con bolso y velo, iba a la iglesia cada tarde porque cada tarde se pedía en la misa por un alma distinta: en ese mes se oficiaban misas gregorianas encomendando a Jacobo Rosales. Y doña Catalina tenía que cumplir con todo el mundo porque todo el mundo había cumplido con ella.
Ahora lleva a su nieto sevillano para que el párroco le diga: ¡Cuánto ha crecido el niño!
El niño observa que las palmatorias siguen en su sitio y las ropas de celebrar, dolientes en su percha, y las ánimas del purgatorio ardiendo al pie del altar, sin quemaduras.
¡Cuánto ha crecido el niño!… pero el niño, mirando al cura, nunca de él pudo decir lo mismo.
Pedro Villarejo
El relato fijo en los detalles, tan cotidiano como desapercibido, resulta ser el más importante. Pedrouve recrea momentos auténticos que solo un niño puede retener para siempre en su memoria.