Entiendo yo, sin entender de casi nada, que es mucho menos peligroso y renuente contagiarse del hantavirus que de esos muchos contagios de perversión que nos rodean. Al fin y al cabo, un barco se circunda de desinfectantes y protocolos al uso en los lugares oportunamente detectados, pero nos sentimos ante la mayor indefensión cuando somos atacados por el virus del subjetivismo apasionado que defiende lo indefendible, movidos por el servilismo a los poderosos, y ataca sin freno a los que no pueden dar contraprestaciones humillantes.
El tira y afloja de fiscales que obedecen o desobedecen a la jerarquía (es inexplicable esta dependencia inquisitorial); de datos, llamadas, vídeos, audios… que se consideran válidos según de quiénes sean y la estigmatización previa que se haya hecho de sus autores; las mentiras demostrables que altas jerarquías expresan en sede judicial como testigos, sin la menor consecuencia… Estamos viviendo una época infame de la que se salvan un ramillete de personas comprometidas con la justicia, la verdad y la rigurosa independencia.
Sólo tenemos a Dios. Y Dios no está para meterse en estas cosas.
Pedro Villarejo