Nos vemos el sábado, amor (Cangrejera II)

7 de mayo de 2026
6 minutos de lectura
«El adulterio es el juego más peligroso, pues no solo se juega con el cuerpo ajeno, sino con el alma propia, dejando cicatrices que ni el tiempo ni el perdón logran borrar por completo.» — Gabriel García Márquez, Memorias de mis putas tristes

La arquitectura de la infamia no es un evento súbito, sino una demolición planificada con la frialdad de quien desprecia lo sagrado. Nuestro protagonista, un hombre cuya integridad era un baluarte, vivía inmerso en una ignorancia dichosa, producto de un amor limpio y de una experiencia conyugal reducida únicamente a su esposa. Para él, ella era el ser más excelso de su existencia; la veía con una ternura infinita, la consideraba la mujer más bonita, la más inteligente, la más correcta y honesta que jamás había pisado la tierra. La tenía colocada en un pedestal de cristal, ajena a cualquier sospecha. ¿Cómo iba aquel hombre, embelesado por la hermosura de su esposa, una mujer de piel blanca y melena oscura que deslumbraba al lucir vestidos color vino, a imaginar siquiera que la mujer que despertaba su admiración absoluta era, en realidad, una de esas mujeres de vida licenciosa, una de esas meretrices de la degradación moral a las que con cruda honestidad describe Gabriel García Márquez en su novela Memoria de mis putas tristes? Su ceguera era producto de su propia nobleza y de un amor que, lamentablemente, él entregó a quien no tenía alma para custodiarlo.

Sin embargo, en la intimidad, el cuerpo de ella manifestaba una realidad ajena: las constantes dolencias en su anatomía genital, esas infecciones recurrentes que el marido, en su candidez absoluta, atribuía a la mala fortuna o a debilidades biológicas. Jamás pasó por su mente que aquel lugar sagrado, por el que él sentía una devoción casi religiosa, era el campo de batalla de una lujuria ajena, un receptáculo de sudores y fluidos compartidos con amantes furtivos que la dejaban exhausta, abierta y desatendida. Es preciso aclarar que, en la literatura, estas figuras de decadencia moral han sido diseccionadas con profundidad. Al mencionar a Ana Ozores, la protagonista de La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín», nos referimos a una mujer que, atrapada en un entorno asfixiante y un matrimonio sin pasión, sucumbe a las tentaciones de la carne, pero cuyo conflicto interno es precisamente la lucha entre su deseo y su conciencia; una lucha que, trágicamente, nuestra adúltera nunca experimentó, pues ella se entregaba al pecado con una naturalidad pasmosa, propia de quien ha perdido toda brújula moral.

Existe una figura literaria recurrente en las crónicas de la lascivia: la religiosa que, bajo el velo de la pureza, esconde una sed insaciable. Pensemos en personajes como los descritos por Stendhal o en las crónicas conventuales de la época, donde una monja, dedicada a Dios y recluida tras los muros de su claustro, siente que su espíritu es asfixiado por una ardiente pulsión carnal. Esta mujer, lejos de buscar la santidad en su retiro espiritual, abandonaba el convento en la penumbra de la noche, rompiendo sus votos no por amor, sino por la pura necesidad de saciar una lujuria animal que la consumía por dentro. Esta es la misma naturaleza de nuestra adúltera: así como la monja corrompida, ella salía de su hogar con el único norte de saciar su «cangrejera», esa hambre insaciable que la obligaba a buscar en brazos ajenos la satisfacción que ella misma le negaba a su marido, no por falta de ofrecimiento de este, sino por una frialdad calculada con la que ella lo condenaba a la abstinencia, mientras prodigaba su ardor a otros. Para ella, al igual que para aquella religiosa transgresora, la transgresión era su combustible y la profanación de su lecho conyugal un rito necesario.

La memoria del marido activó recuerdos que antes prefirió ignorar. Recordó una madrugada en la casa de la suegra, cuando ella se levantó al alba con una premura inusual, alegando que debía ir a despedir a un «amigo locutor». El marido, en su ingenuidad crédula, la acompañó para «protegerla» por la inseguridad de la hora. Lo que presenció fue la escena más humillante de su vida: allí, delante de él, su mujer se despedía con una complicidad atroz de José, quien había sido su pareja de vicio la noche anterior. Ella no sintió pudor ni temor ante la presencia del esposo, pues su desfachatez había llegado a tal punto que la traición se realizaba ante los ojos de la víctima, quien en su ceguera, aún no alcanzaba a comprender la magnitud de la burla que ella le profería.

Fue tiempo después, en el clímax de esta degradación, cuando el marido encontró el dispositivo donde ella gestionaba su relación con Jorge, el maestro de educación física. Al ver el mensaje: «nos vemos el sábado, amor», el hombre sintió cómo el pecho se le quebraba. Le suplicó que no fuera, invocando el recuerdo de sus padres y la ética, pero ella, poseída por ese fuego que los grandes autores llaman «la fiebre de la carne», no vaciló. La escena recuerda el desprecio descrito por Mario Vargas Llosa en Pantaleón y las visitadoras, donde la mujer, despojada de su humanidad por el deseo, se convierte en un objeto que solo conoce la demanda física: «Su cuerpo era un mapa de caminos prohibidos, un territorio que ella misma se encargaba de quemar para no dejar rastro alguno de la dignidad que una vez pudo haber tenido». Ella salió de casa, marchando directamente hacia el encuentro sexual con Jorge, dejando atrás un marido convertido en un espectro de dolor absoluto.

«La mujer sabia edifica su casa, mas la necia con sus manos la derriba», nos advierte Proverbios 14:1. Ella no solo derribó el hogar; lo incendió desde adentro, alimentando su cangrejera con la leña de la traición. El marido comprendió al final que nunca tuvo una esposa, sino una súcubo que, con la frialdad de una zafia, prefirió la podredumbre del adulterio clandestino al respeto de una vida santa. Como bien señala otro pasaje bíblico: «La mujer adúltera come, y limpia su boca y dice: No he hecho maldad» (Proverbios 30:20). Esta sentencia describe con precisión su cinismo: una libertina que, al regresar de sus encuentros, no sentía remordimiento alguno. Su afrenta, como advierte la Escritura, quedará marcada en su alma como una herida que jamás cerrará, porque la verdad, al final, siempre despoja a los inmorales de sus máscaras.

La tragedia de este hombre es la tragedia de la confianza absoluta. Él, que nunca tuvo otra mujer, no sabía identificar las señales físicas de la posesión ajena. Cuando ella regresaba de sus correrías, regresaba con su naturaleza dilatada, abierta y exhausta. Él, en su ignorancia, creía que era amor; ella, en su zafiedad, sabía que era el residuo de la satisfacción que otros hombres le habían brindado. Ella decidió derribar su propio hogar porque su instinto, ese fuego devorador entre las piernas, no admitía límites ni leyes. Hoy, esa mujer, que destruyó la paz de un hombre honesto, carga con la marca de su infamia, habiendo preferido la prolongada y devastadora gloria de la lujuria frente al respeto de un amor que, por su propia ceguera y depravación, jamás alcanzó a comprender.

Finalmente, la ruina espiritual es total y la duda, ahora, corroe los cimientos de la paternidad en la mente del marido, quien en este desgarrador ejercicio de retrospección comienza a atar cabos que su inocencia anterior le impedía ver. Al descubrir la naturaleza insaciable de su esposa con José y Jorge el maestro, el velo de su ceguera se rasgó, permitiéndole observar figuras que antes parecían inofensivas, como Kerwin el bibliotecario y Benito el médico, cuyos nombres ahora resuenan con una sospecha insoportable. Con este nuevo conocimiento, el concepto del microquimerismo fetal adquiere una dimensión monstruosa. Si ella mantenía esta vida de excesos ninfómanos mientras concebía, ¿podría ser su descendencia una suerte de quimera biológica, una amalgama genética de todos estos hombres? La idea de que sus hijos puedan ser una combinación involuntaria de Kerwin, Benito, José y Jorge, lo lleva a contemplar con espanto la posibilidad de estar criando a pequeños «frankensteins» biológicos, cuya existencia no es más que el mapa molecular de la traición. Esta sospecha, que convierte el linaje en un terreno de batalla genética, siembra una semilla de desolación absoluta, pues ya no está seguro de qué parte de sus hijos le pertenece a él y cuánto es el residuo de la depravación de su mujer.

«El adulterio es el dibujo de la traición sobre el lienzo de la confianza.» — Miguel de Unamuno.

Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario

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