Ursula von der Leyen no se ha andado con rodeos en Estrasburgo: la economía europea está «sangrando» 500 millones de euros cada 24 horas por culpa de la inestabilidad en Irán. El conflicto no es un bache pasajero. La presidenta ha advertido de que «las consecuencias de este conflicto pueden prolongarse durante meses o incluso años», dejando claro que la época de la energía barata y la estabilidad geopolítica ha pasado a la historia.
La receta de Bruselas para sobrevivir a este «invierno geopolítico» es el aislamiento estratégico. Von der Leyen mira con envidia sana a Suecia, donde las renovables y la nuclear han hecho que la factura de la luz ni se inmute ante el caos exterior. Para ella, el camino es dejar de comprar fuera para fabricar dentro: «Así es como nos aislamos de futuros choques, y esta es la vía hacia una Europa independiente». No es solo ecología; es pura supervivencia de bloque.
Pero para llegar a esa independencia, primero hay que dejar de tirar el dinero. La mandataria ha hecho una autocrítica feroz sobre cómo la UE quemó 350.000 millones en el pasado con ayudas que no iban a ninguna parte. Esta vez, las subvenciones serán «quirúrgicas», solo para quien realmente no pueda pagar la calefacción. «No volvamos a cometer el mismo error y centremos nuestro apoyo donde más importa», ha suplicado, enviando un recado directo a los gobiernos que prefieren el populismo del gasto masivo.
El gran giro de guion de esta legislatura será la «electrificación total». Bruselas va a poner sobre la mesa 95.000 millones de euros para que todo, desde los camiones hasta las calderas de las fábricas, funcione con enchufes y no con tuberías de gas. El lema de la Comisión es ahora una orden directa: «Hablando de independencia europea, este es el momento de electrificar Europa». Sin cables nuevos, no habrá soberanía posible frente a los gigantes externos.
Esta sed de electricidad no es solo por las bombillas de nuestras casas, sino por el hambre voraz de la Inteligencia Artificial. Los centros de datos necesitan una infraestructura que Europa ahora mismo no tiene, y sin una inversión masiva, el continente se quedará como un museo tecnológico. La competitividad europea depende de que la red eléctrica sea capaz de soportar la demanda de un futuro que ya ha llegado y que no espera a nadie.