La muerte súbita se ha consolidado como un desafío crítico para la salud pública en el continente, con un incremento del 31% entre 2010 y 2020. Según una investigación liderada por la Universidad de Ferrara y publicada en The Lancet Regional Health, esta patología provoca ya un fallecimiento cada 2,2 minutos en Europa. Los datos, extraídos de la OMS sobre 26 países, reflejan que este fenómeno representa casi el 5% de la mortalidad total, con una tendencia al alza especialmente preocupante en el sur y el este de Europa.
España destaca negativamente en el informe al registrar uno de los mayores incrementos medios anuales, cifrado en un 3,3%, una cifra que contrasta drásticamente con la reducción del 8% observada en países como Austria. Los investigadores señalan que estos hallazgos evidencian que la muerte súbita sigue siendo una causa mayor de mortalidad, con «crecientes disparidades según el sexo y la región», lo que obliga a replantear las políticas sanitarias actuales.
El envejecimiento demográfico es la causa principal que explica la vulnerabilidad española. Juan Jiménez Jáimez, experto del Hospital Virgen de las Nieves, señala que, al ser España el país con mayor esperanza de vida, existe una «mayor proporción de población en edades de alto riesgo». La edad avanzada está directamente ligada a la enfermedad cardiovascular aterosclerótica, la cual es, en palabras del especialista, la «causa fundamental de muerte súbita».
Además del factor generacional, el estudio pone el foco en el cambio de hábitos, especialmente entre las mujeres, donde el aumento de la mortalidad ha sido más acusado. Factores como el sedentarismo, la obesidad y la hipertensión están alterando el perfil de riesgo. Ante esta realidad, Jiménez Jáimez subraya que la muerte súbita «constituye un problema creciente de salud pública» que requiere estrategias globales de prevención y un manejo más eficaz de los factores de riesgo cardiovascular.
Finalmente, el análisis apunta a deficiencias en la «cadena de supervivencia» fuera de los hospitales. El experto advierte sobre el impacto de una «posible menor formación de la población en reanimación cardiopulmonar» y la variabilidad en el acceso a desfibriladores. Por ello, los autores del estudio insisten en que fortalecer la prevención primaria y secundaria es crucial para reducir estas disparidades y frenar una tendencia que se cobra miles de vidas cada año.