Sacerdote siempre sacerdote

21 de abril de 2026
2 minutos de lectura
«El corazón está inquieto hasta que descanse en Ti, Señor, porque nos has hecho para ti.» — San Agustín de Hipona

La vocación sacerdotal no es una función que se ejerce por contrato, sino un modo de ser que queda grabado en la estructura íntima de la conciencia. Según el Salmo 110:4, se es sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec; este sacerdocio eterno no depende de una genealogía ni de un oficio temporal, sino de una designación divina directa que permanece indeleble en el alma. Cuando dejé el ejercicio formal de los hábitos para adentrarme en la complejidad del mundo jurídico, no abandoné mi esencia; la trasladé a un nuevo altar: los tribunales. Al igual que el ilustre abogado y Doctor de la Iglesia, San Alfonso María de Ligorio, quien tras una profunda crisis de conciencia comprendió que la justicia terrenal es un espejismo sin la caridad, entendí que mi profesión es una liturgia donde la defensa de la verdad prevalece sobre el ego.

En mi práctica diaria, me enfrento a la deshumanización que a veces aqueja a algunos  funcionarios del sistema judicial. Es frecuente observar una soberbia que se ampara en el cargo para ofender y humillar. En esos momentos, donde la tentación de responder con el mismo ímpetu del agravio se presenta, es cuando mi condición de sacerdote —aquella que considero perpetua— toma el mando para recordar que la verdadera autoridad emana de la templanza. He comprendido que el juez o el fiscal, al ofender, revela su propia fragilidad. Elegir no devolver el agravio es mi forma de ejercer una liturgia de la contención; es convertir el juzgado en un espacio donde la dignidad, y no el insulto, dicta la pauta del proceso.

La experiencia jurídica me ha enseñado que el perdón no es debilidad, sino una manifestación de autoridad moral que no necesita alzar la voz. Cuando un operador de justicia actúa con una arrogancia que busca quebrantar al abogado, espera un eco de igual naturaleza. Al no obtenerlo, se encuentran frente a un vacío que no saben gestionar. Yo no me considero un hombre que «soporta» las ofensas, sino un profesional que las transmuta mediante una mirada que trasciende la toga y el despacho. Mi formación, arraigada en aquel llamado que me definió hace años, me otorga la calma necesaria para seguir defendiendo mis tesis sin ensuciarlas con el fango de la rencilla.

La sociedad actual, y especialmente el estamento judicial, necesita este «sacerdocio» secularizado, un compromiso que no busca aplausos, sino el orden de la justicia. San Juan Pablo II nos recordaba que «la vocación es una llamada que viene de lo alto», y aunque mis manos ya no sostengan la eucaristía, mi mente sostiene la responsabilidad de ser un pacificador. Esta es la síntesis de mi vida: un abogado que, en cada audiencia y en cada escrito, ejerce una forma de oración civil, integrando un llamado permanente que me exige ante la injusticia la firmeza del Derecho y la serenidad de la fe. No soy un hombre dividido; soy la encarnación de una vocación que trasciende las paredes del tribunal.

Al final de la jornada, la paz no la otorga la sentencia favorable, sino la coherencia con mi naturaleza sacerdotal bajo el orden de Melquisedec. Ser sacerdote siempre sacerdote es la garantía de que mi conciencia permanece bajo una jurisdicción superior que no admite la corrupción de este mundo. Aquel que ha comprendido que la vida es una entrega, no se deja abatir por el desprecio ni por la ofensa. Al cerrar mi maletín, sé que no he servido solo a una causa jurídica, sino a una vocación que le da sentido a mi existencia. Mi esperanza es que este testimonio recuerde a mis colegas que, antes que abogados, somos guardianes de la dignidad humana.

«No tengáis miedo. Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo.» — San Juan Pablo II.

Doctor Crisanto Gregorio León

Abogado y exsacerdote

Profesor Universitario

2 Comments Responder

  1. La realidad de los Tribunales, como la propia sociedad, es sumamente compleja. El autor, por su excepcionalidad personal, resulta único. Es sumamente dificil la profesión de la abogacía, ya que concurren muchisimas circunstancias y matices. Si es cierto que el sistema judicial en su conjunto debería dar más facilidades para el ejercicio de la profesión.

  2. El ejercicio de la profesión de abogados, bendecido Eladio , es un verdadero Galimatias . El ejercicio de la profesión de abogado puede considerarse un ecosistema «kafkiano» —referencia al autor Franz Kafka— debido a la naturaleza laberíntica, burocrática y, a menudo, absurda del sistema de justicia en el que operan. La práctica legal frecuentemente presenta escenarios donde la lógica formal se impone sobre la justicia material, deshumanizando el proceso y atrapando tanto al letrado como al ciudadano en obstáculos procedimentales incomprensibles. además hay muchos trastornos de la personalidad en los integrantes de los tribunales.

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