«La esencia de la obediencia consiste en el hecho de que una persona viene a verse a sí misma como un instrumento para ejecutar los deseos de otra persona y, por lo tanto, no se considera responsable de sus actos.» – Stanley Milgram
En estos días de recogimiento por la Semana Mayor, la reflexión nos obliga a mirar dentro de los templos de la ley: los tribunales. Allí, entre expedientes y pasillos gélidos, habita un hombre cuyo nombre evoca la redención, pero cuya realidad roza la tragedia. Se llama Jesús. Entró a la judicatura con el ímpetu de la hidalguía, con destellos de bondad y una corrección que prometía oxigenar un sistema viciado. Este Jesús busca, en su fuero interno, reflejar la luz del Nazareno, aplicando la equidad y la rectitud en cada decisión que pasa por sus manos.
Sin embargo, su integridad es devorada por el Síndrome de Obediencia a la Autoridad, acuñado por el psicólogo de la Universidad de Yale, Stanley Milgram, en 1961. Este paradigma científico se forjó tras los juicios de Núremberg, buscando responder cómo hombres ordinarios pudieron participar en actos de barbarie alegando que «solo cumplían órdenes». En sus experimentos, Milgram demostró que un individuo —un «Jesús» cualquiera— es capaz de infligir daño letal a otro si una figura de autoridad se lo ordena, entrando en lo que llamó el «estado agéntico», donde la conciencia se desplaza hacia el superior.
La presencia de su jefe inmediato en el tribunal actúa como esa figura de autoridad que activa el estado agéntico, haciendo emerger al «Jesús bizarro». Empleamos este término bajo su acepción anglosajona —bizarre—, que denota lo extraño, lo distorsionado o lo grotesco. El Jesús bizarro es la versión deformada, el «anti-Jesús» que surge cuando la influencia maléfica de la autoridad aplasta la voluntad del subordinado, obligándolo a actuar de una manera diametralmente opuesta a su esencia original, convirtiendo la sentencia en un acto de sumisión patológica.
La tesis y la antítesis se libran en el escritorio de este funcionario. Por un lado, el Jesús que anhela la honestidad; por el otro, el que cede al «mangoneo» de quien ostenta el poder. El jefe, actuando como un demiurgo del mal, no busca colaboradores, sino extensiones de sus propios vicios. A través de presiones sutiles o gritos destemplados, va moldeando a ese hombre probo hasta convertirlo en un ente irreconocible. El Jesús que quería ser luz termina siendo el brazo ejecutor de la oscuridad, transformándose en el propio demonio que juró combatir desde los estrados.
Dentro del tribunal, la corrupción más atroz es el peculado espiritual: el robo de la libertad de un inocente para complacer al mando. El jefe inmediato impone la versión bizarra cuando ordena condenar sin pruebas o amañar un acta para favorecer intereses ajenos. Jesús, el funcionario, da señales de resistencia, muestra destellos de integridad, pero estos son rápidamente asfixiados por la bota jerárquica. El síndrome de Milgram actúa como el combustible que alimenta su metamorfosis, justificando el atropello bajo el manto científico de la «transferencia de responsabilidad».
Esta Semana Santa nos permite observar cómo este Jesús judicial es tentado no en el desierto, sino en el despacho por el «enviado del adelantado». Este mensajero del poder le ofrece estabilidad a cambio de su alma jurídica y de la condena de un justo. Le dice: «hazte el cretino», «no veas las pruebas», «ignora el debido proceso». Y Jesús, el que entró con la Constitución en la mano y la verdad en el corazón, termina por postrarse ante el bizarro, redactando sentencias que son, en realidad, sacrificios paganos en un altar de leyes viciadas.
La tragedia radica en que, con el paso del tiempo, el funcionario ya no distingue entre su rostro real y la máscara bizarra que le impusieron. Se parece cada vez más al anti-Jesús que a su referente original. Las señales de honestidad se vuelven más tenues, los destellos de bondad se apagan. La influencia del jefe ha sido tan eficaz que el subordinado termina por ejecutar las mayores atrocidades procesales, olvidando que en el derecho penal la responsabilidad por los actos que lesionan la libertad humana es estrictamente personal y no admite el «experimento de la obediencia» como defensa.
En los tribunales, la manipulación de la verdad es el pan de cada día de este Jesús bizarro. Se apropia de la confianza pública para falsear folios y obliga a las partes a aceptar condiciones que son una farsa. Es el robo de la justicia en las narices de la ley, orquestado por un jefe que se cree intocable por ser el adelantado del sistema, y ejecutado por un subordinado que, viciado por el síndrome de obediencia, se cree exculpado por la cadena de mando, sin entender que la cadena lo ata inexorablemente al mismo fango moral.
¿Qué queda de aquel Jesús que quería ser justo cuando su jefe lo obliga a ser una lacra social y condenar a un inocente? Queda un vacío jurídico y una ruina ética. La influencia maléfica no solo corrompe el expediente, sino que aniquila al ser humano. El funcionario se convierte en un títere del demonio, un Jesús bizarro que gesticula y grita para ocultar su propia cobardía, siguiendo un guion escrito por una autoridad que ha convertido el templo de la justicia en una cueva de prevaricadores que se creen científicos de la manipulación.
A medida que avanza la Semana Mayor, este Jesús judicial debería mirarse al espejo y preguntarse a cuál de los dos nombres está honrando. La tesis de la honestidad no puede coexistir con la antítesis del bizarro. No se puede servir a la Justicia y al verdugo simultáneamente. Cada vez que firma una resolución injusta por temor al superior, muere un poco más el Nazareno y nace con más fuerza el bizarro, el anti-Jesús que desprecia la libertad ajena bajo la falsa seguridad de estar cumpliendo una instrucción administrativa.
El jefe inmediato sabe que un Jesús sin criterio es su mejor herramienta. Por eso lo aísla, lo humilla y lo reconstruye a su imagen y semejanza de corruptor. El resultado es un híbrido monstruoso: un hombre con nombre de Salvador que actúa como opresor de sus semejantes. Es la «bizarrización» del sistema judicial, donde lo extraño y lo grotesco —como condenar a un inocente por orden del adelantado— se vuelven la norma, y donde la rectitud es vista como una rebelión científica que debe ser extirpada.
Finalmente, recuerda que tu paso por esta tierra y por ese tribunal es efímero, pero las consecuencias de tus sentencias son eternas. Qué dirían tus padres si vieran en qué se ha convertido aquel Jesús que educaron con esperanza, hoy degradado a ser el brazo ejecutor de un jefe bizarro. El cielo observa tu claudicación y el abismo aguarda el resultado de tu elección. Quod caelum et infernum, spectant te exspectat. No permitas que el Jesús bizarro termine por devorar definitivamente al hombre que una vez juró defender la inocencia.
Moral: La obediencia ciega no es una virtud administrativa, sino una renuncia a la condición de ser humano y una complicidad con el crimen.
Nota técnica del artículo: El presente texto constituye un ejercicio de ficción jurídica y narrativa literaria, diseñado como una hipótesis de trabajo para exponer, mediante la hipérbole y el análisis doctrinario, situaciones que no son correctas y no deberían presentarse en la praxis judicial, con el fin de ilustrar los vicios procesales desde una perspectiva académica y docente.
«Nadie es más esclavo que el que se cree libre sin serlo, pues su cadena está forjada por su propia sumisión al mal.» Johann Wolfgang von Goethe
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario