Desde que Jesús fue aclamado por el pueblo aquel Domingo de Ramos, la misma gente que pidió para él la Cruz tres días después, ya nadie se fía de las palmas y sus derivados. Cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía, señala el refrán, y cuando las palmas y elogios aparecen sin ser esperados, se mira de reojo a la muerte que siempre llega en viernes santo.
En este mundo oscuro de la política o de cualquier estamento que se le parezca, los puñales brillan escondidos debajo de las túnicas o del traje que corresponda. “Aquel que moja el pan en el mismo plato que yo, va a entregarme”, señala el Hijo de Dios en el evangelio de San Mateo. La traición vino entonces de uno de los comensales, pero cuando es el dueño de casa quien traiciona, hay que desconfiar en el posible veneno de lo mojado.
Nuevos ministros, caras acostumbradas a trabajar en lo que haga falta, tras las palmaditas del Jefe que sospecha la hipocresía de todos sus palmeros. Unos y otros usan y abusan de sus “inocencias” guardadas y, mientras, la casa sin barrer, llena de corrupciones hasta el borde, de incompetencias en los trenas que no llegan o en el despropósito de las cuentas públicas… ¡Ay amor, cuánto pecado para tan poca penitencia!