La retirada de la escena bélica iraní del portaviones USS Gerald Ford. La renuncia norteamericana a arrasar la isla de Khark en la embocadura del Golfo Pérsico. El calculado desinterés mostrado ahora por Trump sobre el desbloqueo del Estrecho de Ormuz. La negativa de países de la OTAN a participar en el empeño… Todo ello pone de manifiesto la existencia de brechas profundas en la alianza para la guerra contra Irán desencadenada el 28 de febrero por Benjamín Nethanyahu, Primer Ministro de Israel y Donald Trump, Presidente estadounidense, con los asientos de los negociadores iraníes aún calientes.
Asimismo, las grietas se ensanchan hacia el interior de los Estados Unidos con la sorprendente renuncia, formal y por escrito, de Josep Kent, Director del Centro Nacional de Contraterrorismo, que ha supuesto un precedente de extremada importancia política. Por primera vez, de forma oficial y por escrito, un alto cargo norteamericano denuncia que Estados Unidos ha sido arrastrado por Israel a esta guerra, en contraposición a los propios intereses nacionales estadounidenses y sin que mediara peligro para el gran país norteamericano en el Oriente Medio.
Josep Kent, soldado en 11 misiones militares norteamericanas internacionales, que perdió su esposa, madre de dos hijos, en otra de las operaciones bélicas instigadas por Israel, según denuncia en su misiva, asegura que la presente guerra contra Irán obedece a las presiones ejercidas sobre Donald Trump por el poderoso lobby proisraelí que opera en Washington.
El testimonio cobra un significado político de largo alcance, porque implica que se extiende ya en las altas esferas la conciencia de que la política exterior y militar estadounidense se encuentra abducida en manos de Israel, en una zona del mundo geopolítica y geoeconómicamente tan crucial como el Medio Oriente.
Otra grieta más: Donald Trump ha levantado las sanciones que impedían a Rusia exportar gas, especialmente hacia Europa. La medida, desde el Viejo Continente, se muestra cargada de sorna, habida cuenta de la voladura con explosivos del gaseoducto de gas siberiano hacia Alemania, Nord Stream 1 y 2, en septiembre de 2022, sabotaje de cuya perpetración, los servicios de Inteligencia de Washington tuvieron necesariamente que saber si en realidad el atentado, sustancialmente antialemán, no fue obra suya. Al día siguiente de aquel atentado, un gaseoducto nuevo, originario de Noruega, entraba en funcionamiento bombeando gas del Mar del Norte hacia la espalda de la República Federal de Alemania, Polonia, país envuelto en un rearme vertiginoso que inquieta a Berlín sobremanera.
Por su parte un perpetuo pedigüeño, Volodomir Zelensky, dirigente de Ucrania, de visita a España, dijo aquí temer que su guerra con Rusia vaya a pasar a un segundo plano por la desatención norteamericana, habida cuenta del rumbo que toma la contienda bélica que Washington libra contra Irán. Y para atajar tal desatención, no se le ocurre otra cosa al Gobierno que encabeza que sugerir que va a entrar en guerra contra Irán porque drones iraníes adquiridos por Rusia han operado contra Ucrania. Una manera curiosa de poner los intereses políticos personales de Zelensky por perpetuarse en el poder por encima de los intereses continentales de Europa, a la que pretende arrastrar a esta otra guerra mientras arruina a los europeos poco a poco a costa de pedir armas y dinero a fondo perdido.
Tal vez convendría más a su país convocar elecciones, dar libertad a los partidos políticos prohibidos por él, atajar la terrible corrupción de su régimen ucraniano y admitir que su propia persecución y represión contra las minorías rusófonas del Este de Ucrania en 2014 y las bravatas de Kiev contra Moscú, inducidas por aquella impresentable embajadora de Washington, Victoria Nuland, desataron la furia bélica rusa y desencadenaron la tempestad que desde entonces sufren los pueblos ucraniano y ruso en una guerra devastadora.
El reciente levantamiento norteamericano de las sanciones para importar gas ruso desde Europa, Japón, Corea y Australia, parece implicar que, si queda alguien con cabeza en Washington, se ha dado cuenta del efecto bumerang de las consecuencias catastróficas causadas hasta el presente por la guerra de Israel contra Irán.
Es preciso saber que no solo el gas y el petróleo cruzan por el Estrecho de Ormuz, sino también que la mayor cuota pensable de componentes para fertilizantes agrícolas, señaladamente los nitrogenados, proceden de ambos energéticos. Por la zona afectada por la guerra y, especialmente en la isla iraní de Khark, cruza la parte del león de tan importantes componentes de la economía y la alimentación mundiales.
Claro que, desgraciadamente, el desistimiento estadounidense sobre el ataque a esa isla iraní no implica necesariamente que el actual Gobierno de Israel no acometa por su cuenta el remate de la catástrofe, guiado como está por el desprecio más absoluto a las normas que regulan el bienestar militar, político y económico del mundo, que se pone por montera siempre que puede. No le basta haber asesinado, en apenas quince días, a los más relevantes dirigentes del régimen islámico iraní, ni que Irán bombardee las bases norteamericanas esparcidas por la zona, con el consiguiente pánico de Kuwait, Qatar, Bahrein, Emiratos Árabes, Irak y, sobre todo, Arabia Saudí, en teoría y en la práctica, aliados de Estados Unidos.
No. El designio de Bejamín Nethayahu consiste en incendiar todo el Medio Oriente; arruinar a quien le plazca; desatar el enfrentamiento con todos los Estados árabes, túrquicos y centroasiáticos a la vez y asesinar por doquier a quienes considera asesinos, es decir y por extensión, a todo aquel que se opone a su enloquecido designio criminal de dominio. ¿Para qué? ¿Para garantizar su seguridad asesinando niños en Gaza o masacrando a la población civil iraní? ¿Para comprometer, más aún, a Estados Unidos en la misma enemistad que Nethayahu destila hacia el mundo pisoteando las leyes y el derecho Internacional? ¿Esa es la meta del Gran Israel, esa es la misión encomendada por Dios a los líderes sionistas que sostienen a Nethanyahu en el Gobierno? ¿No viene a ser algo muy parecido a los delirios, explícitos en su día, que acariciaba el denominado Estado islámico?
Como cabe comprobar, la guerra inducida por Israel a la que Trump se adhirió sin rechistar, ha sido ideada por (de)mentes irresponsables y, sobre todo, ineptos a la hora de prever que sus consecuencias se volverán, más temprano que tarde, contra sus propios mentores. Porque, imaginemos que la Casa Blanca deja de avalar a Nethanyahu por el creciente rechazo interior norteamericano a esta guerra, como las voces procedentes del MAGA trumpiano y la premonitoria denuncia de Josep Kent señalan, ¿qué gana o qué podría ganar militar y geopolíticamente Israel, un Estado con 10.000 kilómetros cuadrados de extensión menos que la de Cataluña, con menos de 10 millones de habitantes, frente a Irán, con la extensión tres veces y media superior a la de España, en total, 1,6 millones de kilómetros cuadrados, 92 millones de habitantes, unos yacimientos petrolíferos y gasísticos entre los primeros del mundo, y una orografía, los montes Zagros, dispuestos paralelamente a su amplio litoral al Golfo Pérsico, que convierten al país de los persas en territorialmente inexpugnable, habida cuenta de que ningún control político puede ser ejercido por un país sobre otro si no se ocupa militarmente? ¿Son tan arrogantes los pilotos de Israel como para creer que van a someter con sus bombas a todo un pueblo, antes desunido, al que su agresión y bombardeos han concentrado y unido frente al ataque que ahora sufren? ¿A qué juego juega Israel con nuestro atribulado mundo?
Si, como los primeros síntomas ya delatan, Estados Unidos de América, enemistado con medio mundo desde 1948 gracias a Israel, abandona su sumisa protección militar directa al Estado judío, más temprano que tarde, Israel se verá condenado a emigrar o desaparecer. Lo grave es que, en tal caso, hay suficientes desquiciados en la primera línea de la política israelí como para movilizar su arsenal nuclear para impedir esa deriva a toda costa: sería Sansón derribando las columnas que acabarán por aplastarle.
Enfrente, del lado iraní, topamos con otra recua de incompetentes, más preocupados en reprimir criminalmente la disidencia en Irán que en mostrarse capaces de impedir que su cúpula militar y política sea aniquilada minuto a minuto por el espionaje israelí. El último asesinato perpetrado por Israel en Teherán ha sido el de Alí Larijani, considerado el número dos del régimen islámico, así como el dirigente persa más proclive a negociar un cese el fuego con Estados Unidos. Liquidar a Larijani, penúltima esperanza de acabar con esta guerra por parte de Irán, muestra a las claras el propósito del desquiciado Nethanyahu de aniquilar toda posibilidad de pacificar la zona.
A su vez, Mojtaba Jamenei, nuevo Guía Supremo de Irán, amenazaba en un reciente comunicado a sus vecinos enemigos con multiplicar los ataques con drones cada vez más sofisticados y mortíferos, mientras les exigía la rendición incondicional, más una reparación por daños de guerra que cifraba en 500.000 millones de dólares. Otro delirante en escena.
Entre tanto, otro rumor inquietante saltó en las últimas horas a la palestra: la posibilidad de que Irán reciba y despliegue en su territorio armas nucleares de China y de Rusia, como medida disuasoria para poner fin al hostigamiento por parte de Israel que, a su vez, cuenta con un arsenal nuclear propio, en el desierto de Negev y, como se teme, pueda emplear, si no ha empleado ya, armas nucleares tácticas contra los centros subterráneos de fabricación de misiles y drones iraníes. No quiera el destino que los mimbres para una escalada apocalíptica estén ya sobre el tablero.
Todo esto sucede pese a que, según fuentes británicas del diario The Guardian, el pasado 27 de febrero, en la mesa de negociaciones entre Irán y Estados Unidos, por instrucciones del ahora difunto Alí Larijani se ofreciera a Washington todo el uranio enriquecido de Irán. Apenas unas horas después, Israel iniciaba sus bombardeos contra Irán. ¿Queda, en la arena internacional, alguna persona sensata capaz de detener esta gravísima escalada, esta nueva y atroz barbarie?
Enseñanza a extraer de todo este turbión de criminales estupideces encadenadas: el combustible de la guerra es la ambición. Su antídoto, la palabra. Con ella, la paz siempre es posible. Y la guerra, evitable. (Emmanuel Kant, La paz perpetua, 1793). Sería bueno que la Presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, lo tuviera en cuenta y no se plegara, como ha hecho, al fatalismo de admitir que el Derecho Internacional ya no sirve para regular las relaciones entre Estados.