Al final de la Calle Mayor, junto a la Catedral Castrense y frente a la balconada desde donde Mateo Morral arrojase una bomba al paso del carruaje de la boda real, se halla el singular edifico del Consejo de Estado adonde desembocan, en un mar inútil, aquellos personajes a los que se premia por haber sido, si es que alguna vez lo fueron, con ciento veinte mil euros anuales. Los coches oficiales a la puerta y las medidas de seguridad por si a alguna señoría le roban la cartera, enmarcan el lienzo de una Corte laminada por los años y desconsiderada por la opinión pública.
Cuando se les pide un consejo, ellos lo dan pero, como no es vinculante, se convierten en figurantes caros que el Gobierno aprecia con su desprecio.
La señora presidenta del Consejo de Estado es cordobesa, de Cabra, la misma que en su día nos hizo ver a todos que el “dinero oficial no era de nadie”. Y por ese motivo ha decidido que el Alto Organismo pague un profesor de inglés a uno de los miembros que cobran tan altísimo sueldo… ¿Para qué querrán aprender inglés a esas edades? Es gastar por gastar, como el que va a las rebajas.
Pedro Villarejo