El síndrome de la mosca azul (parte II): la metástasis de la investidura

16 de marzo de 2026
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«El magistrado no hace al hombre, sino que el hombre hace al magistrado; pero el necio, al recibir el cargo, cree haber recibido una nueva alma». — Plutarco

Si en un principio advertimos sobre el zumbido errático de aquellos que, al alcanzar una posición, comienzan a levitar sobre la realidad, hoy debemos hablar de la metástasis del cargo. Ese fenómeno donde la investidura no solo nubla el entendimiento, sino que lo suplanta por completo. Ya no importa el oficio: la sintomatología es la misma: una inflamación del ego que requiere, urgentemente, un baño de humildad.

El nombre de este síndrome no es caprichoso. Lo llamamos el Síndrome de la Mosca Azul porque el afectado sufre una alucinación cromática: confunde el zumbido de su propia vanidad con un heraldo de nobleza. En su extravío, el profesional «investido» llega a creer que por sus venas circula esa mítica sangre azul, esa casta superior que lo exonera de la cortesía. Olvidan que, en la naturaleza, el azul de la mosca no es señal de linaje, sino el reflejo metálico de un insecto que se distrae con lo efímero. Es una aristocracia de cartón que se desmorona en cuanto la luz del cargo se apaga.

El error fundamental de estos personajes es creer que el respeto emana de la jerarquía y no de la idoneidad. El cargo es un préstamo temporal, una vestidura que debe quedarse colgada en el perchero al final de la jornada. Sin embargo, la «mosca azul» se mimetiza con el membrete hasta que ya no sabe quién es sin el sello que lo respalda. Es allí donde el ser humano desaparece y solo queda la cáscara vacía de una autoridad impostada.

Esta ceguera selectiva produce una desconexión total con el prójimo. Cuanto más alto creen estar, más pequeños se ven desde el suelo firme de la sensatez. La verdadera autoridad no necesita gritar ni exhibir credenciales; se ejerce con la naturalidad de quien sabe que servir es la única forma digna de mandar.

Al final, la historia es implacable. Cuando el ciclo termina y la investidura se retira, lo que queda es un náufrago de su propia soberbia que descubre, demasiado tarde, que el poder sin sabiduría es solo un disfraz incómodo. Porque la mosca, por mucho que fatigue los oídos ajenos con su zumbido de «casta», nunca dejará de ser un simple insecto atrapado en el cristal de su propia vanidad.

«Nadie es más esclavo que el que se cree libre sin serlo, ni nadie más pequeño que el que necesita de un título para sentirse grande». — Johann Wolfgang von Goethe

Dr. Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario

2 Comments Responder

  1. Interesante reflexión. Disecciona el síndrome con bisturí de precisión. Nada sobra. Es una descripción real que conocemos muy bien los que nos relacionamos con la Administración Pública. Es cierto que existen grandes profesionales, que quedan ocultos por estas moscas que ensombrecen.

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