A la hora convenida se abre la luz en la mañana y es lo primero dar gracias a Dios por tantos resplandores. Después, el parpadeo de los ojos se acostumbra a la maravilla y cesa la contemplación de lo inexplicable para leer en los periódicos las también inexplicables realidades.
Las columnas de los buenos escritores, como la del recientemente fallecido Raúl del Pozo, amamantan, sostienen y purifican el pensamiento hasta que la palabra termina siendo el alma de la idea. Manuel Alcántara, Umbral, Alfonso Ussía… fueron admirables por el esfuerzo constante de armonizar la belleza con las circunstancias.
Ahora, que soy yo el de la columna diaria en Fuentes Informadas, valoro aún más a mis compañeros en el Periódico por su afán de deslizar diferentes dosis de veneno, enmascaradas entre la hermosura de lo bien escrito. Veneno que no mata, sino advierte.
Eso no es odio, señor Presidente, debiera ser más dócil por la elegancia con que los periodistas le van administrando sus despropósitos. Lo demás, es censura o se le parece muchísimo.
Pedro Villarejo