La Vicepresidenta Primera del Gobierno nos ha enseñado a distinguir lo razonable de lo esperpéntico: sus excesos parecen ya normalidades que la noche apaga hasta que a la mañana siguiente nuevas exuberancias distraen la compostura. Ahora reclama entusiasmo colectivo por “las lenguas andaluzas” que la ministra defiende con la espada del Cid por si un voto conjurado le llega de sorpresa. Debiera saber esta señora que no es la gracia o la desgracia en el hablar lo que nos diferencia, sino las expresiones vulgares que ella multiplica cuando hace hincapié en alguna de sus mentiras.
Los acentos no vienen sólo de las ciudades donde se nace, sino de los diferentes lugares donde se vive. Como Machado no nació al amor en Sevilla, sino en Soria al ver a Leonor desorientada limpiando la caspa de su sombrero. Se es de donde pudo recibirse dignidad y maneras, valores y proyectos, nunca de aquellos ambientes donde nacen y crecen las zafiedades.
Seguro que cuando habla la señora ministra de privilegios distributivos con los catalanes busca, en la trastienda de su pobreza, refinadas pronunciaciones, como si fuera de Valladolid.