Alto a la guerra de Israel y su títere Donald Trump

10 de marzo de 2026
7 minutos de lectura

Desde la lógica militar, las guerras sin objetivos políticos se vuelvan de frente contra quienes las desencadenan

Las alianzas políticas, de todo tipo, dependen sobremanera de la correlación de fuerzas en presencia dentro de las cuales surgen. Asimismo, están sujetas a las condiciones que, en cada momento histórico, las enmarcan. Este es un axioma cardinal de la Ciencia Política junto con la observancia del principio el pacta sunt servanda, “los pactos se cumplen”, fundamento básico de las Relaciones Internacionales. Los acuerdos firmados por Franco con Estados Unidos en 1953 mostraban una correlación de fuerzas totalmente escoradas a favor de Washington en detrimento de los intereses estatales de España.

Franco, en busca de una legitimidad ante Occidente de la que carecía por su sintonía durante la Segunda Guerra Mundial con el nazifascismo germano-italiano, se plegó a suscribirlos: tres bases militares de extraordinaria importancia, Rota, control del Mediterráneo; Torrejón de Ardoz, junto a Madrid, control central de la Península; y Zaragoza, control de la retaguardia europea, los Pirineos, atravesaban España de Sur a Norte y abrieron las puertas del país de par en par a la impostura de una influencia política, diplomática y militar norteamericana que no ha cesado desde entonces. Y todo a cambio de unos añejos camiones Studebaker, amortizados ya durante la Segunda Guerra Mundial, para el entonces raquítico Ejército español y poco más; eso sí, salvo el aval político, diplomático y militar de la Casa Blanca al tirano, incorporado de tal manera a la coalición anticomunista de la Guerra Fría.

Pantomima y excepciones

Una pantomima de revisión plurianual de los acuerdos camuflaba el mismo designio hegemónico desde entonces. Cada ministro español de Exteriores mostraba una variante retórica para ocultar la genuflexión ante el Imperio trasatlántico que les era dictada aquí por el dictador de manera implacable.

Empero, hubo una excepción. Durante la Guerra del Yom Kippur, en octubre de 1973, el almirante Luis Carrero Blanco quien, pese a su idiosincrasia profundamente retrógrada y su aval incondicional al dictador, conservaba cierto sentido de la soberanía nacional, como Presidente del Gobierno se negó a autorizar a Washington la utilización de las bases en España para ayudar a Israel en aquella guerra frente a la coalición árabe. Invocaba entonces la “tradicional amistad de España con los pueblos árabes”, mantra al uso entonces en el discurso oficial del régimen.

Tan solo dos meses después de su negativa, en diciembre de aquel mismo año, Carrero Blanco sería asesinado. Por si fuera poco para juntar todas las papeletas de la rifa sobre su suerte, Carrero Blanco se había opuesto a dar el cerrojazo al proyecto Islero, nombre del toro que dio muerte al matador Manuel Rodríguez Manolete, proyecto español para conseguir una bomba nuclear propia, como en su día le sugirió Charles De Gaulle a Franco, invocando la tenencia británica y francesa de sendos arsenales propios.

Aquel programa nuclear español, que contó con un polígono de pruebas en la provincia de Soria, contaba además con una tapadera, la de un centro de óptica naval dirigido por un científico y alto oficial de la Marina, José María Otero Navascués (1907-1983), futuro presidente de la Junta de Energía Nuclear. Los estadounidenses solo consentían que España estudiara y fabricara componentes secundarios para sus submarinos nucleares, pero impedían rotundamente toda otra posibilidad. Aquellos estudios se desarrollaron discreta y laboriosamente en España para inducir los componentes del arma atómica a partir de la recogida de arenas contaminadas por la caída de cuatro bombas termonucleares sobre Palomares, Almería, en 1966, después del accidente sufrido por dos aeronaves norteamericanas, un avión-nodriza, K-135, de abastecimiento en vuelo y un B-52, bombardero estratégico portador de las cargas atómicas. Siete de los once tripulantes estadounidenses murieron en el encontronazo entre ambos aviones cuando el bombardero intentaba repostar en vuelo. El transporte de armas atómicas sobre los cielos cielo de España, ¿estuvo consentido –o no- por el patriota Francisco Franco Bahamonde? Las numerosas cláusulas secretas de los acuerdos oscurecían la posibilidad de esclarecer tal extremo.

Han pasado más de 60 años de todo aquello y la conducta de los Estados suele mostrar reiteradas invariantes. España ha seguido inserta la órbita de influencia de los Estados Unidos, directa e indirectamente merced a la extraña integración española en la OTAN, coalición político-militar hegemonizada por Washington y creada para parar los pies a una superpotencia, la Unión Soviética, que desde 1990 ya no existe. Rusia, con una economía de mercado y propiedad privada, dejó de ser comunista y es hoy otro Estado bien distinto.

La negativa del Gobierno español

Empero, asistimos hoy a una nueva excepción respecto de la relación entre España y Estados Unidos: la negativa de Pedro Sánchez a autorizar el empleo de las bases de Rota y Morón para proseguir esta nueva guerra ilegal contra Irán, a la cual Donald Trump ha sido guiado del ronzal por el genocida Benjamín Nethanyahu no solo contra el régimen chií sino, además, contra el pueblo iraní: ya van 1.000 muertos bajo las bombas, escolares incluidos. ¿Asistimos a un rittornello, a una reedición, del genocidio infanticida de Gaza? ¿Era ese el mensaje de la aviación israelí al pueblo de Irán, tras bombardear el pasado sábado una escuela y dar muerte a 85 niñas, anunciándole así lo que podría comenzar a sucederle si no se plegaba a dejarse matar?

Por consiguiente, la negativa de Pedro Sánchez tiene una fundamentación no solo política, sino también moral. “No a esta nueva guerra”. El mensaje es muy claro. Este episodio, de gran alcance geopolítico, abre un nuevo capítulo en el combate librado por la racionalidad del Derecho Internacional y la humanidad de los Derechos Humanos contra quienes, de modo tan zafio y criminal, hoy la Casa Blanca y Tel Aviv, se han propuesto demoler a bombazo limpio. Vulneran así los pactos suscritos en la arena internacional con España y los demás países europeos, amén de pisotear la acción de Naciones Unidas.

Hubiera sido preferible que esta valiente medida decidida por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, hubiera sido consensuada y avalada por el Partido Popular. Pero el obstinado enrocamiento observado desde hace seis largos años por los líderes de la derecha política, que se han blindado a todo tipo de acuerdo y de consenso y se niegan a reconocer la legitimidad gubernamental, invalidaba, de todas todas, aquella posibilidad.

Quienes invocan el pragmatismo, proponiendo plegarse aquí y en la desnortada Europa, a la arbitrariedad del infausto presidente norteamericano y a la de su cada día más claramente mentor-inductor israelí, han de tener en cuenta que el pragmatismo tiene sus límites. Y su principal límite obliga a ser intransigente con la mendacidad de esos dos aventureros criminales e irresponsables que llevan al mundo hacia un incendio incontrolado que nadie será capaz de sofocar.

Enfrentarse a 92 millones de iraníes, a quienes debería corresponder deshacerse de un régimen al que la mitad del país, aún apoya y tras la agresión apoyará todavía más, se cobrará un precio muy alto para todos, como estamos viendo y llegaremos a ver.

Desde la lógica militar, las guerras sin objetivos políticos se vuelvan de frente contra quienes las desencadenan. Aniquilar el Islam, meta en clave sionista perseguida por Nethanyahu, es tan ilusorio como aniquilar el Judaísmo, perseguido por algunos ayatolas. Las ideas, creencias o sentimientos no se yugulan con las guerras; con guerras solo se reducen voluntades, pero aquellas permanecen bajo las bombas.

Dinámica belicista, estática moral

La dinámica belicista, a la que hay que oponer una estática ética, si sigue aquella en manos de los dos criminales al mando, responsables de haber iniciado una guerra como ésta mientras negociaban con su adversario, puede llevar a Israel a descargar inicialmente bombas nucleares tácticas sobre Irán, si no las ha descargado ya para destruir las instalaciones subterráneas iraníes. Ese sería el paso previo para el Armagedón, la destrucción total del mundo envuelto en una escalada fuera de control. Resulta significativo –y premonitorio- ver las imágenes por televisión de un militar estadounidense mientras es reducido por la fuerza mientras grita desaforadamente que no quiere combatir en la guerra impuesta a su país por Israel. Más temprano que tarde, el hoy desnortado pueblo de los Estados Unidos llegará a la misma conclusión.

Por ello también, la actitud a seguir es la de gritar No a la guerra que, desde Madrid hacia el mundo, audaz y valientemente, el Gobierno de coalición progresista ha lanzado por boca de su Presidente, Pedro Sánchez. Sus primeros ecos solidarios irán llegando, al tiempo. El envío de un buque español a Chipre forma parte de los protocolos de alianza defensiva paneuropea, que no tienen que ver con ningún tipo de apoyo a Donald Trump, como con tanta ignorancia como desfachatez miente la Casa Blanca. Por cierto, mal empieza el nombrado embajador de Estados Unidos en España, Benjamín León, junior, octogenario definido por Trump como “excelente jinete”, pagano, claro está, de su campaña electoral para resultar reelegido. Lo primero que dijo al llegar, para ir haciendo amigos, fue “vengo (a España) para que Pedro Sánchez se arrepienta del grave error que ha cometido por negarse a aumentar al 5% de su presupuesto” (para comprar armas norteamericanas, claro). A este señor habría que retirarle ya mismo el placet. ¿Puede un embajador inmiscuirse en la política del país al que accede y amenazar de este modo a un Presidente de un Gobierno democrático? ¿Qué modo es ese de acceder a una misión diplomática como titular de una Embajada?

Una necesaria revisión

La relación de fuerzas entre Estados Unidos y España, que hoy esgrime su soberanía, ha variado. La alianza tradicional entre Estados Unidos y España necesita hoy más que nunca una nueva y revisada dimensión, basada en el respeto a lo pactado y vulnerado ya en 1966 por Washington así como fundamentado en la amistad de los pueblos norteamericano y español, no en el designio caprichoso de mercachifles de armas y presidentes desquiciados por el narcisismo y la arrogancia. Las españolas y españoles amamos la paz. Si eso da votos a quienes la defienden denunciando la guerra, miel sobre hojuelas. Pero, pero, atención, permanezcamos atentos a la venganza que, con certeza, perpetran sendos enemigos de la Humanidad, expertos en transformar la miel en hiel. Atentos a la coz que el asno transatlántico y el genocida convicto barruntan dar por estos lares.

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