Gracias a la libertad en democracia la opinión es libre con los límites correspondientes a la injuria, al desacato o al disparate. Y esa opinión, cuando no se tienen argumentos para sostenerla, cae precipitadamente en el ridículo. La reconocida intelectual cineasta Silvia Abril, al sostener que la Iglesia es un chiringuito y que le da pena la juventud que en ella vive doctrinalmente, se ha expuesto (yo creo que con intención propagandista) a que se derrame sobre su cabeza de muchacha desentrenada un desprecio inigualable. Sí, desentrenada en cultura general y particularmente en Historia.
La pena que padece Silvia por los adictos a la espiritualidad es directamente proporcional a los catorce mil adultos españoles que este año han pedido ser bautizados sin haber visto sus películas, u otras parecidas, subsumidoras de unos impuestos que hubiesen tenido mejor desembocadura en El Chiringuito de la Iglesia, madre generosa y callada en las colas del hambre, tanto del cuerpo como del alma.
En fin, Silvia querida, se ve que usted pertenece a una familia de las que perdieron la guerra. En la misma que perdimos todos.