El fútbol es pasión, es emoción compartida, pero también es responsabilidad colectiva. Este miércoles, en los prolegómenos del partido de Champions frente al Benfica, el Real Madrid vivió un episodio que empañó el ambiente festivo en el Estadio Santiago Bernabéu. Un socio fue captado por las cámaras de televisión realizando el saludo nazi en repetidas ocasiones desde la zona de la Grada de Animación.
La reacción del club fue inmediata. A los pocos minutos de difundirse las imágenes, los servicios de seguridad localizaron al aficionado y lo obligaron a abandonar el estadio, pero la respuesta no quedó ahí. La entidad comunicó que ha solicitado con carácter urgente a su Comisión de Disciplina la expulsión permanente del socio.
El mensaje fue claro: el Real Madrid condena cualquier gesto o expresión que incite al odio o a la violencia, tanto en el deporte como en la sociedad. No se trata solo de una sanción interna, sino de una declaración pública de principios en un momento en el que el fútbol europeo intenta reforzar su compromiso contra el racismo y la intolerancia.
El incidente resulta especialmente significativo porque, minutos antes del inicio del encuentro, el estadio había mostrado un mensaje rotundo: “No al racismo. Respeto”. Una consigna que cobra aún más peso tras los recientes episodios de tensión en competiciones europeas.
El fútbol no puede permitirse normalizar símbolos o gestos asociados a ideologías totalitarias. La presencia de miles de personas en las gradas amplifica cualquier acto. Y cuando ese acto está vinculado a la discriminación o la exaltación del odio, el impacto trasciende lo deportivo.
La decisión del club blanco se enmarca dentro de una política de tolerancia cero. No es solo una cuestión de imagen institucional. Es una cuestión de coherencia con los valores que se defienden públicamente. En un escenario global, donde cada partido es retransmitido a millones de espectadores, cualquier comportamiento inadecuado tiene repercusión internacional.
El deporte, y en especial el fútbol, actúa como espejo social. Lo que sucede en la grada no queda aislado. Influye. Marca ejemplo. Por eso, medidas firmes como esta buscan enviar un mensaje inequívoco: el estadio debe ser un espacio de convivencia, no de confrontación ideológica.
Más allá de la sanción individual, el episodio invita a reflexionar. El respeto no puede quedarse en una pancarta ni en un lema antes del partido. Debe convertirse en una práctica constante. Porque el fútbol emociona, une y moviliza a millones de personas. Y precisamente por eso, su responsabilidad es mayor.
El Bernabéu volvió a centrarse en el balón. Pero la lección quedó sobre la mesa: no hay lugar para el odio en el deporte.