Si se me permite la contradicción, los ciudadanos que decimos vivir en estados de bienestar seguimos mirando a Gaza como fruto desasistido en un invernadero. Habrá culpables, terroristas o intereses políticos, pero lo que aparece son familias fatigadas que llevan a sus hijos de un lado a otro con sus heridas abiertas, como esperando a un ángel que las cure o una cuchara con fideos que les achique el hambre.
En Ucrania ocurre algo parecido: seres humanos a la intemperie, muertos de frío, esperando una bomba cercana que los caliente un poco… Cada pasividad ante semejantes tragedias es un paso que nos aleja de Dios.
En España no es para tanto, pero muchos de nuestros hijos tienen que vivir en furgonetas porque es imposible un alquiler. Son vehículos que no tienen seguro, apenas si pueden cambiarlas de sitio, expuestos al malestar de los vecinos y a que alguien termine arrancándoles del todo el espejo retrovisor de su vida. Viven en soledad, porque dos no caben en los asientos traseros, se asean como puede sin el recogimiento de lo íntimo… Tampoco pueden detenerse en el sosiego de un beso.