Las reinas del Rey Padre (I)

15 de febrero de 2026
4 minutos de lectura
Portada de 'Reconciliación', las momorias de Juan Carlos I. | Fuente: Planeta

En el sitio más lejano que uno se pueda figurar, rodeado de mezquitas y altísimos rascacielos con temperaturas de purgatorio suavizadas, donde no se puede beber alcohol pero todos tienen botellas debajo de la cama y lonchas de jamón labiadas entre plásticos. Allí, en ese sitio, sobrevive a disgusto el Rey Padre porque algunos han puesto de relieve que fue “de padre y muy señor mío” su vida silenciando que también ayudó a mejorar la vida de otros padres que ahora disimulan.

Como en ese País las reinas no aparecen ni son bien vistas (por eso salen a la calle en cucuruchos de seda hasta los ojos), el Rey padre ocupa parte de su tiempo en recordar a las reinas que ha habido y hay en su vida y a las que nunca tapó con pañuelos de diferente memoria.

El Rey padre no tiene un Falcon a su disposición ni siquiera recibe al embajador de visita. Por eso endulza el tiempo que le queda con serenas melancolías y lecturas que le recomendaron antes de salir los pocos fieles que quedan en los abandonos:

-Majestad, en este trance recuerde la frase de Galdós: “Las experiencia es una llama que no alumbra sino quemando”. Lea Trafalgar, Bailén, Los cien mil hijos de San Luis… y acepte Su Majestad la terrible ironía de tenerlo todo y no saber para qué sirve.

El Rey, además y sobre todo, revisa lo irremediable y se acuerda de las reinas, sus reinas, empezando por la primera.

Doña Victoria Eugenia

Inicia el Rey Padre la evocación de su abuela doña Victoria Eugenia (Isabel de Farnesio, la primera reina consorte de Felipe V le queda muy lejos).

La Reina abuela vino del frío, ensimismada en su belleza de azules y dorados ojos que miraban con el conocido desdén de sus paisanos, aunque tratando, como ellos también, de que no le fuera reconocido su desprecio. Alfonso XIII la eligió entre muchas y dejó de amarla como a todas. Muy pronto encontraría a una actriz, de singular belleza que, para él, enjugaría de perfumes su almohada.

El primer regalo que recibió doña Victoria Eugenia de su esposo fue la tiara Flor de Lis; España le obsequió una bomba simulada entre el ramo de flores que Mateo Morral arrojó desde el marcado balcón de la Calle Mayor… Hoy piensa el Rey padre, entre calores y sofocos, que casi todos los regalos que él recibió en diferentes etapas de su vida fueron bombas de racimo, entregados a la vista como rendición enamorada y a punto de estallar en el momento de la controversia.

El Rey padre sigue creyendo, inconsciente, que todos le agasajaron por haber hecho bien lo que bien hizo y sabrían olvidar sus devaneos… Un día, asombrado ante la “incomprensión”, tuvo que agachar la cabeza y exclamó “lo siento. Me he equivocado. No volverá a ocurrir”… Pero sus enemigos al acecho no le permitieron más oportunidades y comenzaron a apagare sus desafíos y desde entonces no le permitieron cazar ni mariposas.

El Rey padre se duele hoy de no haber leído la sentencia de Oscar Wilde: “Todo crimen es una vulgaridad y toda vulgaridad es un crimen”… porque lo suyo, más que crímenes, han sido vulgaridades y España, que supo perdonar la hemofilia de su abuela gracias a su elegancia incomparable y a cómo le brillaban las joyas en sus muñecas, no habría de soportar el descaro sucesivo de sus amantes. Las maldades palidecen y se olvidan en lo oscuro; a plena luz, las reparaciones son más costosas y no hay manera de disimularlas.

“Lo siento. No volverá a ocurrir”… Demasiado tarde para quienes vivían agazapados buscando el modo de ensanchar sus errores.

El Rey padre repasa en la extrañeza los consejos de su abuela la reina Victoria Eugenia desde Villa Fontaine, siendo un poco más que adolescente:

-Por experiencia propia sé que es difícil aconsejar fortaleza amorosa a los Borbones, porque en todos vosotros existe una debilidad fragmentada y ejercida en alcobas ajenas. No obstante, ten cuidado, Juanito, que los españoles son impredecibles y, con tanto sol en ellos, fácilmente se queman las solapadas bondades. En España todos conspiran, Juanito y, donde ponen el ojo dejan la bala.

Doña María

Doña María fue más amada por sus hijos, que por su esposo. María la Brava, así llamada por su suegro, no tuvo más remedio también que acostumbrarse a las secretas navegaciones del Villa Giralda que, a veces, se equivocaba de orilla y de destino.

Franco no permitió que el padre del Rey Juan Carlos, reinara como legítimo heredero, pero los monárquicos le llamaron Juan III y a su madre la Reina Doña María que fue, más que madre, mediadora entre los conflictos de herencia surgidos desde que el General eligiera al hijo para reinar en vez de al padre.

En épocas de majestad relevante, los hijos de los reyes eran educados por ayas o institutrices, gobernantas o consejeros, pero don Juan y doña María eran “reyes” pobres que sólo podían permitirse cocinera y chófer para no olvidar los platos de cuchara y el mar que les traía, mansamente, los reflejos de España.

El Rey padre, desde ese país lejano, muy lejano adonde vive a su pesar, recuerda cuando se bajó del tren para ser educado entre nosotros por mandato de Franco, asistido por viejos consejeros que tampoco tenían idea de cómo tratar a un príncipe muchacho. Solo y desmadrado, sin que nadie se atreviera a organizar sus deseos, tan incipientes ya y tan poderosos, que más tarde serían caballos trotando sin el carruaje de las proporciones. Sin cercanas referencias familiares es casi lógico que, para sobrevivir, se den manotazos en la sombra.

Su madre, la reina doña María, no estaba con él entonces. Se quedó sin las medidas que regula una mujer, tampoco el padre pudo orientar sus ascuas de adolescente porque se había ido al Azor con Franco, inocente e ilusionado con que el Caudillo dimitiera.

Solo ahora, entre soledades de fuego, el Rey padre agradece tener consigo el retrato de doña María, su madre y sentir que pudo disfrutarla los últimos años hasta verla morir en La Mareta, donde hoy escuchan los pájaros el cansancio del agua.

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