En 1947 se está asentando en Madrid, y en casi todos los pueblos, los éxitos y los fracasos de la guerra civil española. Los años del hambre son de ayer mismo. Aún se puede celebrar en los hogares el regalo de una docena de huevos que alguien trae del campo para agradecer una consulta médica o para un soborno menor. Especialmente desde los cortijos llegaban los pollos vivos y cansados de tanto mirar desde sus cestos, arriba, en el trajín de los vetustos autobuses.
No era tiempo de teologías, sino de búsquedas del bienestar. Ante las circunstancias cada uno prescindía de sus derechos y se dedicaba a buscar un sitio digno donde vivir entre los escombros de la contienda o un trabajo suficiente que alcanzara para el pan nuestro de cada día.
Los miembros de las familias en Veraluz se estremecían con pequeñas conquistas, conmoviéndose con lo primero que encontraban para no irse a la cama con el vacío de un despropósito o la sinrazón de una injusticia. Por las veredas del campo venían los hombres llenos de soledad y alpargatas, de miradas sombrías y de monedas para pagar si no quedaba otro remedio… Menos mal que la vida cambia con los esfuerzos.