“Con toda profundidad le respondió al célebre Alejandro un pirata caído prisionero cuando el rey en persona le preguntó: ¿Qué te parece tener el mar sometido a pillaje? A lo que el corsario le respondió: Lo mismo que a ti tener al mundo entero. Solamente que a mí, que trabajo en una ruin galera, me llaman bandido, y a ti, por hacerlo con toda una flota, te llaman emperador.”
Esta serie de artículos sobre este maravilloso trabajo sociológico toca a su fin, y no porque el libro se acabe. El trabajo toca muchos más temas y muy importantes que ya han sido tratadas aquí. Y todo se reduce a una sola cosa: falta de fondos. Lo que lleva aparejada falta de medios, falta de personal y falta de ganas.
En el Benemérito Instituto tampoco hay fondos. Pero sus miembros son militares y la abnegación y la capacidad de sufrimiento de sus miembros suple esa falta de medios con ganas. Los Funcionarios de Prisiones y sus jefes no son militares. Les falta esa abnegación y esa capacidad de sufrimiento. Trabajan poco y no les gusta que les hagamos trabajar ni un poquito.
Eso también lo dicen los autores, pero con palabras más bonitas. Se necesita un cambio de actitud por parte del personal que presta sus servicios en las cárceles. Y se necesita un cambio de actitud en nuestros políticos para que de verdad cumplan el mandato constitucional cuando se les ordena que las penas privativas de libertad deben tener como principal objetivo la reeducación y la reinserción, y no ser exclusivamente un castigo, un mero encierro.
Y así se llega a las tablas más relevantes, a mi forma de ver, de este estudio: los tiempos que dedican los miembros de los equipos técnicos a entrevistar, a estudiar, a observar a los presos. Recuerdo que esta encuesta se ha realizado entre 1668 presos que sí respondieron a la misma.
Así el psicólogo/a visita a diario a un 3,5 % de los presos; de forma semanal a un 8 %; mensualmente a un 22,1 %, una vez al año a un 24,1 % y nunca a un 42,3 %.
El jurista/criminólogo visita a diario a un 1,7% de los internos; semanalmente a un 1,6 %; de forma mensual a un 4,9 %, anualmente a un 6,2 % y nunca a un 85,5 %.
La trabajadora social, persona que enlaza, une al preso con el exterior, visita a los presos a diario en un 5,3 %; semanalmente a un 15,5 %; de forma mensual a un 36 %; anualmente a un 21,8% y nunca a un 21,4 %.
El educador, persona que prácticamente vive en el módulo con los presos, o así debería ser, visita diariamente a los presos en un 16,4 %; semanalmente a un 22,1 %; de manera mensual a un 33,5 %; Una vez al año a un 16,3 % y nunca a un 11,7 %.
Significativo es también los tiempos que duran esas visitas, esas conversaciones y así, hablando promedios, las entrevistas con el jurista/criminólogo viene a dura de media 4,11 minutos; las conversaciones con la trabajadora social 11:17 minutos, con el educador 12,86 minutos y con el psicólogo/a 13,60 minutos.
Y no voy a decir que todo sea culpa de esas personas. Volvemos al principio: falta dinero, faltan medios y falta personal. Hay pocos profesionales en todo el conjunto de prisiones de España y Cataluña y el País Vasco no se quedan atrás. Invertir dinero en las cárceles no está bien visto, no consigue votos.
Que los presos sean tratados implica fondos, medios y personal cualificado. Pero esa cualificación no se da en las universidades. Un educador no ha estudiado ninguna carrera. Un educador lleva muchos años abriendo y cerrando celdas antes de dedicarse a ello. Sin embargo, los psicólogos y los juristas, aunque han estudiado una carrera, no tienen ni puta idea de lo que se van a encontrar cuando empiezan su trabajo. Y algunos no son capaces de aislar su trabajo dentro de la cárcel de su vida diaria, y eso produce una auténtica desatención de los presos.
Deberían potenciarse las escuelas de estudios penitenciarios, tal y como ha hecho Cataluña, donde los ponentes sean expertos de verdad en lo que significa estar privado de libertad, expertos que sean capaces de visualizar no solo al preso y su delito, sino la causa de su ingreso en la delincuencia, de tal manera que enseñen a esos profesionales de los equipos técnicos a no ver tan solo al asesino, al violador o al ladrón, sino elevarse y de manera holística observar todo el conjunto.
De esa manera, se podrán efectuar verdaderos informes basados en esa “observación” que hoy en día no se da y podrán los delincuentes primarios, esos que han cometido un solo error en su vida salir cuanto antes y volver a retomar su vida cuidando mucho de volver a caer, y a los verdaderos delincuentes, a esos asesinos, violadores y traficantes, se les podrá evaluar de una manera cuasi efectiva, ya que es muy difícil decir que será efectiva al 100 %, para saber si verdaderamente se han arrepentido, si se han reeducado y resocializado, y si no es así, poder informar a quien corresponda que un delincuente peligroso sale de la cárcel peor de lo que entró, evitando, en la medida de lo posible, que se vuelvan a repetir esos casos de violaciones y asesinatos cometidos por exconvictos.
Más personal produciría que esos profesionales de las cárceles no se pasen más tiempo redactando informes para los juzgados que observando y tratando a los internos. Si un jurista tiene 150 o 200 internos no tiene tiempo material de entrevistar a nadie, tan solo tiene tiempo para contestar a las exigencias de los juzgados de vigilancia penitenciaria los cuales piden lo que les exigimos los abogados, pero así es la ley y así es la realidad carcelaria.
Más dinero, más medios, más personal, más estudios y más apertura de las cárceles, que la cárcel deje de ser el paradigma de las instituciones cerradas. Que se sepa lo que sucede en el interior de las cárceles españolas.
Alfonso Pazos Fernández