El presidente Sánchez acaba de prometer que se investigará “hasta el final” (usque ad finem, que podrían decir los bachilleres si no les hubieran suprimido el latín) el terrible accidente ferroviario en Adamuz, cuyas muertes siguen clavadas en la memoria de lo evitable. El presidente Sánchez prometió que JAMÁS (¿tengo que decirlo otra vez?) se apoyaría en Bildu para gobernar. El presidente Sánchez promete sucesivamente Presupuestos Generales del Estado, que tres años llevan los números sin encontrar camino. En el trayecto, como en la Andalucía del bandolero Tragabuches, siempre encuentran asaltantes que se llevan a sus cuevas algo más de la mitad deseada.
Esperemos que las promesas de amor del presidente no hayan variado en el gorjeo de sus ternuras o desembocado en arrullos de tibieza. Porque una cosa es “la obligatoriedad” de los cambios en política y otra, muy otra, el aroma caliente de las sábanas.
El único presidente que se ha atrevido a decir que estaba enamorado ha sido Pedro Sánchez y, debemos entender los españoles, que esa actitud es el mejor suavizante de las decisiones.
Pedro Villarejo