El concepto de autoridad se erige como un pilar fundamental para la cohesión del orden social y el funcionamiento sistémico de cualquier institución. No obstante, su ejercicio suele transitar por una línea sumamente delgada y peligrosa que separa la gobernabilidad necesaria de la tiranía administrativa. Al profundizar en la psicología del poder, es imperativo analizar la conducta humana en entornos burocráticos y remitirnos a las investigaciones fundamentales de Stanley Milgram. Este investigador demostró, de forma perturbadora y fehaciente, cómo la conciencia individual puede ser adormecida hasta la parálisis bajo el peso de una estructura jerárquica. Milgram reveló que una alarmante mayoría de individuos son capaces de actuar contra sus propios valores éticos y principios morales si perciben que la orden emana de una autoridad que consideran legítima, diluyendo así su responsabilidad personal en la figura abstracta de quien ostenta el rango.
Esta «obediencia ciega» no debe ser vista simplemente como un fenómeno de laboratorio, sino como un mal crónico que devora la integridad de nuestras instituciones contemporáneas. Cuando el individuo se somete a este proceso, entra en lo que Milgram denominó un «estado agéntico»: un estadio psicológico donde la persona deja de considerarse responsable de sus propios actos para percibirse como un mero instrumento de la voluntad ajena. En la gestión pública y en los recintos académicos, este comportamiento da paso a una obsecuencia servil que permite la normalización del atropello, la opacidad y la corrupción. La historia nos ha legado la amarga lección de que las mayores atrocidades y las erosiones más profundas de la justicia no fueron cometidas necesariamente por mentes criminales, sino por ciudadanos «ejemplares» y funcionarios «eficientes» que se limitaron a cumplir órdenes sin someterlas al tamiz del juicio crítico.
Es, por tanto, una tarea urgente e imperativa rescatar la hidalguía del criterio propio y la autonomía del espíritu. El respeto a la autoridad no debe ser jamás confundido con la abdicación de la conciencia ni con el silencio cómplice. Una institución verdaderamente sana y democrática es aquella que fomenta la disidencia constructiva y donde cada eslabón de la cadena posee el rigor intelectual y la entereza moral para distinguir entre un mandato legítimo, ajustado a derecho, y el mero capricho autocrático de un superior.
La hidalguía académica y profesional reside en entender que nuestra primera lealtad no es hacia el individuo que ocupa temporalmente un cargo, sino hacia los valores universales de la justicia, la verdad y la probidad.
Solo rompiendo el ciclo de la sumisión automática y recuperando el valor de la responsabilidad individual, podremos devolverle el lustre perdido a nuestras estructuras sociales. Debemos garantizar que la ética no sea un sacrificio en el altar del organigrama ni una pieza de cambio en el mercado de la conveniencia política. La verdadera autoridad se gana con el ejemplo y la rectitud, y solo aquellos que mantienen su integridad incólume frente a la presión del poder son quienes realmente sirven a la nación y al porvenir de la humanidad.
“Aquel que no puede obedecerse a sí mismo, será mandado.” — Friedrich Nietzsche
Doctor Crisanto Gregorio León, profesor universitario