El ala dura del Partido Republicano ha redoblado en las últimas horas la presión sobre Donald Trump para que mantenga una estrategia de confrontación total contra Irán, en un contexto marcado por el refuerzo del despliegue naval estadounidense en el golfo Pérsico y la amenaza latente de una intervención militar.
Varios senadores conservadores han cerrado filas en torno al presidente y le instan a descartar nuevas negociaciones nucleares con Teherán. Su mensaje es claro: endurecer sanciones, aumentar la presión política y no retirar la opción de un ataque si el régimen iraní no cede.
El senador Lindsey Graham, uno de los aliados más fieles de Trump en el Capitolio, aseguró que la República Islámica atraviesa su momento más débil en décadas y defendió que la prioridad no es un acuerdo diplomático, sino el colapso del sistema teocrático. A su juicio, “el tiempo de los ayatolás acaba” y la población iraní exige el fin del régimen, no más pactos internacionales.
En la misma línea, Rick Scott afirmó que el Gobierno iraní “se tambalea” y pidió “máxima presión”, mientras que Tom Cotton advirtió de que Teherán “nunca” puede acceder al arma nuclear y recordó la superioridad militar de Estados Unidos como elemento disuasorio.
Algunos fueron más lejos. El exmilitar y senador Tim Sheehy sostuvo que la Guardia Revolucionaria “tiene sangre americana en sus manos” y dejó caer que Washington podría responder con contundencia. “No negociamos con terroristas”, zanjó.
Estas declaraciones llegan mientras Irán explora vías diplomáticas indirectas con países de la región para rebajar tensiones y evitar una escalada bélica. Teherán insiste en que su programa nuclear tiene fines civiles y busca reabrir conversaciones, aunque desconfía de las potencias occidentales.
Trump, por su parte, ha alternado amenazas militares con la puerta entreabierta al diálogo, pero el creciente respaldo interno a la línea dura estrecha cada vez más el margen político para la negociación. Con la flota estadounidense ya posicionada cerca del estrecho de Ormuz, el pulso entre Washington y Teherán vuelve a situarse peligrosamente cerca del terreno militar.