Este jueves por la tarde, Huelva vivió uno de esos momentos que quedan grabados en la memoria colectiva. El Pabellón de Deportes Carolina Marín, con capacidad para unas 5.000 personas, se llenó casi por completo para acoger la misa funeral por las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz, una tragedia que costó la vida a 45 personas, 28 de ellas naturales de la provincia de Huelva. Pasadas las 18:00 horas, y ante unas 4.000 personas, comenzó una ceremonia marcada por el recogimiento, el silencio y una emoción contenida que se respiraba en cada rincón del recinto.
La imagen del pabellón abarrotado, convertido en templo improvisado, reflejaba el dolor compartido de toda una tierra. Familias, vecinos, amigos y ciudadanos anónimos acudieron no solo a despedir a los fallecidos, sino a acompañar a quienes han perdido a padres, madres, hijos o hermanos. La misa fue sencilla, solemne y profundamente humana, centrada más en el consuelo que en el protocolo, más en la fe que en cualquier gesto institucional, según apunta El Mundo.
En un lugar preferente, en la pista central, se situaron más de 300 familiares de las víctimas. Fueron ellos quienes, con una serenidad admirable, alzaron la voz para reclamar algo tan básico como imprescindible: saber la verdad. En el tramo final de la ceremonia, Liliana Sáenz, hija de una de las personas fallecidas, tomó la palabra en nombre de las familias. Su intervención, firme y profundamente emotiva, arrancó una ovación unánime.
Sáenz dejó claro que este funeral era la forma en la que debía despedirse a las víctimas: “La única presidencia que queremos a nuestro lado es la de Dios”, afirmó, en referencia al homenaje de Estado aplazado sin fecha. Con palabras que calaron hondo, aseguró que “las 45 familias lucharán por la verdad, porque solo la verdad nos ayudará a curar una herida que nunca cerrará del todo”. Agradeció la labor de las instituciones que actuaron desde el primer momento, aunque también expresó el dolor provocado por la lentitud de la información, recordando que “siempre es mejor saber que imaginar”.
Hubo también palabras de reconocimiento para los vecinos de Adamuz, que acudieron sin pensar en las consecuencias, y para los cuerpos de seguridad y emergencias que hicieron todo lo posible con los medios disponibles. El obispo de Huelva, por su parte, insistió en la necesidad de actuar con justicia y de asumir un compromiso colectivo para que tragedias así no vuelvan a repetirse, recordando que el sufrimiento no termina cuando desaparecen los titulares.
La jornada concluyó con una sensación clara: en los momentos más oscuros, España sigue demostrando que es un país profundamente católico, donde la fe continúa siendo refugio, lenguaje común y punto de encuentro para el dolor, la esperanza y la exigencia de justicia.