“La conciencia es la presencia de Dios en el hombre.” — Victor Hugo
No hay tribunal más severo ni juez más implacable que la propia conciencia. En el ejercicio del derecho y en el transcurrir de la vida, los hombres pueden burlar las leyes humanas, engañar a los testigos y eludir las evidencias materiales; sin embargo, nadie puede escapar del testigo silencioso que habita en su interior. La frase de Quintiliano, «la conciencia vale por mil testigos», no es solo una máxima jurídica, es una ley metafísica que rige la integridad del espíritu.
En el mundo del litigio, a menudo vemos cómo se construyen castillos de naipes sobre falsedades, cómo se manipulan relatos para obtener una victoria procesal. Pero esa victoria, obtenida a costa de la verdad, es una derrota moral que carcome los cimientos de la paz interior. El abogado que se presta al engaño o el ciudadano que falta a la verdad, olvidan que el testigo interno no duerme ni se deja sobornar. La conciencia es el registro inalterable de nuestros actos, la balanza que, en el silencio de la noche, nos devuelve el peso exacto de nuestra honestidad.
El problema de la sociedad contemporánea es la sordera voluntaria frente a esta voz interior. Se prefiere el aplauso efímero del éxito externo al susurro sereno de la rectitud. No obstante, el hombre que vive en desacuerdo con su conciencia vive en una cárcel sin muros, siempre temeroso de que la verdad, que ya conoce, se manifieste ante los demás. Por el contrario, quien actúa conforme al bien, posee una fortaleza que ningún tribunal externo puede quebrantar, pues su mayor defensor es su propia paz.
Ser fiel a la conciencia es el acto de hidalguía más elevado que puede realizar un ser humano. No se trata de cumplir normas por temor al castigo, sino por el respeto profundo a la dignidad propia y ajena. En la psicología del culpable, el testigo interno se convierte en un verdugo; en la psicología del justo, se convierte en una guía que ilumina el camino incluso en medio de las tormentas más oscuras del desprecio social o la incomprensión.
Como universitario y hombre de fe, sostengo que el estándar de la justicia no debe detenerse en lo que es legalmente demostrable, sino en lo que es moralmente verdadero. Un sistema de justicia que ignore la dimensión ética del ser humano está condenado a ser una maquinaria fría y, muchas veces, injusta. La verdadera justicia comienza en el fuero interno, donde no hay necesidad de mil testigos porque la verdad resplandece por sí misma.
Vivir con la conciencia tranquila no es un lujo, es una necesidad vital. Es lo que nos permite mirar a los ojos al prójimo y, finalmente, al Creador, con el semblante sereno de quien sabe que, a pesar de las flaquezas humanas, ha intentado siempre seguir la estrella de la rectitud.
«Mi conciencia tiene para mí más peso que la opinión de todo el mundo.» — Cicerón