La voz de María del Mar Falón suena rota, pero firme. Es la hermana de uno de los camareros del tren Alvia siniestrado en Adamuz (Córdoba), aún desaparecido, y su testimonio pone el foco en algo que, según afirma, llevaba tiempo ocurriendo: el miedo cotidiano de quienes trabajaban a bordo. No habla solo desde el dolor actual, sino desde recuerdos repetidos, conversaciones en casa, frases que hoy pesan más que nunca.
“Mi hermano llegaba del trabajo y decía que el tren botaba, que daba miedo”, relata. No era una queja aislada ni una exageración puntual tras un mal día. Según explica, tanto él como otros compañeros comentaban con frecuencia el mal estado de las vías y la sensación de inseguridad durante algunos trayectos. “Se agarraban al llegar a destino”, recuerda, como si el cuerpo hubiera aprendido a anticipar el peligro antes de que ocurriera lo irreversible.
Falón insiste en que esas sensaciones no solo eran compartidas por la tripulación. Muchos pasajeros, asegura, también expresaban su preocupación. “Ir a trabajar con miedo es muy triste”, repite, subrayando una idea que atraviesa todo su discurso: la normalización del riesgo. Su hermano, además, había esquivado el destino en otra ocasión. Años atrás, un cambio de turno lo salvó del accidente de Angrois. Hoy, esa casualidad pasada hace aún más insoportable la espera.
Al drama personal se suma otro sufrimiento: la falta total de información. María del Mar denuncia desorganización, silencio institucional y una espera que define como desesperante. “Todo lo sabemos por la televisión o por internet”, lamenta. Ni cifras oficiales, ni avances claros, ni explicaciones directas a las familias. Solo rumores, titulares y una angustia que se prolonga con cada hora que pasa, según Europa Press.
Critica especialmente la lentitud en los procesos de identificación y la excusa constante de la protección de datos. Para ella, no se trata de vulnerar derechos, sino de ofrecer humanidad y comunicación básica a quienes viven uno de los peores momentos de su vida. “Somos personas”, reclama, pidiendo información aunque sea “poco a poco”.
Falón también dirige su mirada hacia el estado general de las infraestructuras y la gestión pública. Habla como ciudadana, como familiar y como contribuyente. Se pregunta dónde van los recursos y por qué fallan servicios que deberían ser seguros. Eso sí, distingue con claridad: agradece el apoyo de Renfe, del personal psicológico y de los equipos de emergencia. Su crítica no va hacia los trabajadores, sino hacia “los de arriba”.
No busca dinero ni compensaciones. Su demanda es otra: justicia. Que se investigue, que se asuman responsabilidades y que nadie vuelva a subirse a un tren con miedo. Porque, como repite una y otra vez, su hermano ya lo había sentido antes. Y ahora, ese aviso resuena con una fuerza imposible de ignorar.