Más de dos años de guerra han dejado una huella profunda en la vida de los niños de Gaza. Un nuevo estudio dirigido por la Universidad de Cambridge alerta de que miles de menores viven demasiado debilitados física y emocionalmente para aprender o jugar, atrapados en un entorno donde la violencia, el hambre y el miedo han sustituido a cualquier atisbo de normalidad. El informe advierte de que el conflicto no solo ha interrumpido la educación, sino que ha puesto en riesgo la propia identidad infantil.
Según la investigación, el derecho a la educación en Gaza ha estado cerca de desaparecer. Durante meses, padres y docentes se vieron obligados a tomar decisiones extremas: priorizar la supervivencia frente al aprendizaje. Muchos niños sobrevivían con una sola comida diaria y se les pedía que no jugaran para ahorrar energía. En ese contexto, la escuela dejó de ser un espacio seguro y se convirtió en un lujo casi inalcanzable.
El estudio describe escenas duras: niños que se desploman por agotamiento, aulas destruidas y estudiantes que expresan abiertamente su convicción de que “los matan por ser gazatíes”. Más allá de los datos, el informe subraya un daño menos visible, pero igual de grave: la erosión de la esperanza y la fe en el sistema internacional. Muchos jóvenes cuestionan valores como la paz o los derechos humanos, al sentir que no les protegen.
La profesora Pauline Rose, directora del Centro REAL de Cambridge, lanza una advertencia clara: “Hace un año dijimos que la educación estaba bajo ataque; ahora las vidas de los niños están al borde del colapso”. Aun así, destaca la resiliencia de la población palestina y su deseo persistente de aprender, incluso en condiciones extremas.
Las cifras son contundentes. Hasta octubre de 2025, más de 18.000 estudiantes y 780 docentes habían muerto en Gaza, y decenas de miles resultaron heridos. Además, casi 13.000 niños recibieron tratamiento por desnutrición aguda. El estudio estima que los menores gazatíes han perdido el equivalente a cinco años de escolarización, una brecha que podría ampliarse a una década si las escuelas no logran reabrir de forma estable.
La situación no es mucho mejor en Cisjordania y Jerusalén Oriental, donde el informe documenta cierres de escuelas, detenciones y violencia que han supuesto al menos 2,5 años de aprendizaje perdido. En toda Palestina, los docentes describen su profesión como desmoralizada y en crisis, aunque siguen trabajando sin descanso para ofrecer algún tipo de enseñanza.
El coste de la recuperación educativa se estima en 1.380 millones de dólares, una cifra inasumible sin apoyo internacional. Sin embargo, el estudio detecta una preocupante fatiga de los donantes: en 2025 solo se cubrió una pequeña parte de los fondos solicitados para educación. Aun así, hay destellos de esperanza. Durante el alto el fuego de principios de 2025, las escuelas reabrieron con rapidez y se retomaron exámenes clave, algo que un profesor calificó como “un milagro”.
El informe concluye con un mensaje urgente: invertir en educación es invertir en el futuro de la infancia palestina. Sin una respuesta decidida de la comunidad internacional, una generación entera corre el riesgo de crecer sin aulas, sin certezas y sin esperanza.