Ante todo, vivir

27 de febrero de 2025
6 minutos de lectura
José Antonio Marina. | EP
CARLOS R. GUTIÉRREZ AGUILAR

A mi esposa, siempre amor. ¡Felicidades!

El ritmo acelerado de la vida actual, frecuentemente, nos conduce a una existencia en la que la prisa se vuelve la norma, alejándonos de lo esencial. La velocidad y la superficialidad, a menudo, eclipsan la atención plena y el profundo intercambio humano, impidiéndonos detenernos a escuchar, reflexionar o conectar de manera genuina con quienes nos rodean.

En este escenario, José Antonio Marina —filósofo y ensayista español— nos invita a cultivar una inteligencia más profunda y reflexiva. En su obra La inteligencia fracasada, Marina nos advierte que la prisa y el ansia por lo inmediato pueden llevarnos a un pensamiento superficial, ya que nos impiden dedicar el tiempo necesario a una reflexión crítica y cuidadosa. Para él, es imperativo encontrar momentos de pausa que nos permitan analizar y comprender la realidad con mayor profundidad.

Cierto: en esta época la lógica es obtener lo que uno quiere sin “pérdida de tiempo”, “toda demora, dilación o espera se ha transformado en un estigma de inferioridad”; pero, cuidado, correr tiene sus riesgos, uno de ellos es la posibilidad de extraviar el sentido del rumbo; las prisas, paradójicamente, generan distracciones que luego se pueden convertir en “sin sentidos” y frustración.

Silencio

Desde mi punto de vista hay un autor contemporáneo que nos propone afrontar el vértigo existencial mediante un recurso universal y gratuito al que todas las personas, sin distinción algunas, tenemos acceso infinito, me refiero a Pablo de Ors que plantea el uso del “silencio” como un antídoto efectivo ante la actual pandemia del ruido, la velocidad y la inmediatez.

En su libro “Biografía del Silencio”, Pablo nos propone explorar el silencio no como la mera ausencia de sonido, sino como un espacio vital para la introspección y la renovación personal. En medio del constante ruido y la aceleración cotidiana, el silencio se revela como un recurso indispensable para reconectar con uno mismo, estimular la creatividad y forjar relaciones auténticas.

Liebre o tortuga

Muchos conocen la fábula de la liebre y la tortuga, que relata una carrera entre estos dos animales. La mayoría apuesta por la ágil liebre, conocida por su velocidad. Confiada en sus habilidades, la liebre se burla de la lenta tortuga durante la competencia, se detiene para descansar y, tras ello, la adelanta con facilidad, disfrutando del aplauso del público.

Mientras tanto, la tortuga ignora lo que sucede a su alrededor, haciendo caso omiso de las burlas, y continúa su marcha de forma pausada pero decidida, sin detenerse. La carrera prosigue hasta que llega un momento en que la liebre sobreestima su ventaja.

Cuando se percata que la tortuga se acerca a la meta, la liebre corre con todas sus fuerzas para alcanzarla; sin embargo, es en vano. Cansada, observa cómo la pequeña y torpe tortuga llega sin dificultad a la meta, ganando la carrera y el reconocimiento de todos los demás animales, mientras la soberbia liebre se queda sin lugar para esconder su merecida vergüenza.

En una ocasión…

Esta fábula normalmente se utiliza para enseñar el valor de la paciencia y la determinación. Pero este cuento también tiene otras reflexiones.

Por ejemplo, también puede referir que correr por la vida, como la liebre, es signo de vivir movidos por conquistar objetivos materiales, demostrando a los demás las “ventajas” y atajos que solo pueden hacer las personas que tienen posiciones privilegiadas, hasta llegar a ignorar lo auténticamente valioso como lo intuye una antigua leyenda china:

En una ocasión un grupo de ancianos cultos se reunió para intercambiar su sabiduría y tomar té. Cada anfitrión buscaba las variedades de hojas de té más caras y exquisitas para hacer con ellas exóticas mezclas que provocaran la admiración de los invitados. Cuando correspondió invitar al más venerable del grupo, sirvió la infusión con una ceremonia sin precedentes sacando el té de una caja de oro. Los gastrónomos congregados alabaron aquella exquisita bebida, muy impresionados por el envoltorio en donde el viejo sacaba el extracto. El anfitrión sonrió diciendo: “el té que habéis hallado tan delicioso es el mismo que toman nuestros campesinos. Ojalá esta experiencia nos recuerde a todos que las mejores cosas de la vida no son necesariamente las más raras ni las más costosas”.

Tanta rapidez nos hace olvidar los momentos que realmente valen la pena en la vida, nos hace despreciar los frutos que provienen del esfuerzo, olvidar lo alcanzado gracias al impulso de los anhelos internos, perder el aprecio por los detalles y obviar las miradas de los otros.

Las carreras provocan que perdamos los gratos momentos del proceso así como el poder que ejercen en nuestra voluntad las dificultades e infortunios, esos que, al superarlos, nos brindan auténticos e inolvidables aprendizajes y gratificaciones.

Más hace…

Tal vez ignoramos que, en muchas ocasiones, las posesiones son consecuencia de la cuna en que nacimos, o corolario de un regalo de la naturaleza -como el caso de la liebre que no hizo nada por tener su don de correr rápido- y este desconocimiento nos induce a despreciar la gratitud; optando, más bien, por la vanidad, hasta llegar a despreciar la realidade en la que viven otros seres humanos.

Francisco de Sales al respecto afirma: “Algunos hombres se vuelven orgullosos e insolentes porque montan un hermoso caballo, usan pluma en el sombrero o se visten con finas prendas. ¿Quién no advierte el error de esto? Si en tales cosas hay alguna gloria, ésta solo pertenece al caballo, al ave y al sastre”.

Abraham Lincoln escribió: “infinidad de veces he caído de rodillas ante la abrumadora convicción de que no se abría ante mí camino alguno. Mi propia sabiduría, y la de todos los demás, me parecía insuficiente”. Y aun así, Lincoln continuó luchando, y fue posiblemente gracias a los infortunios y a su astronómica paciencia que finalmente logró alcanzar sus objetivos.

Tortugas

Si fuéramos más tortugas y menos liebres posiblemente veríamos transitar el sol durante las diversas horas del día y aprenderíamos que tenemos solamente el segundo que respiramos y lo que en él forjamos. Si fuéramos más tortugas y menos liebres seríamos humildes, menos impacientes y quizá dejaríamos a un lado la competencia que nos hace incompetentes y, de paso, aprenderíamos que la fuerza en una comunidad se encuentra en la cooperación, en la suma de habilidades y voluntades de las personas que la conforman, más que en esa rivalidad que aparentemente genera éxito.

Si fuéramos más tortugas que liebres apreciaríamos más los contenidos y menos las formas; veríamos más amaneceres, más ventanas abiertas que puertas cerradas. Amaríamos más a la naturaleza y menos lo desechable. Si fuéramos un poco como la tortuga tendíamos tiempo de pensar, de gozar, de observar, de reflexionar y crear y de darnos cuenta que tenemos más razones para dar gracias y menos por las cuales quejarnos. Entonces, gozaríamos más y lloraríamos menos.

Si aprendiéramos a ser más tortugas y menos liebres disfrutaríamos de los pequeños detalles y del milagro renovado de la existencia; viviríamos menos preocupados por el dinero, por las posiciones y por los éxitos o fracasos. Seríamos más plenos.

No soy ingenuo: nos fascina ser fabulosas y veloces liebres. Nadie quiere ser como la humilde, silenciosa y persistente tortuga; no deseamos sentir la existencia pasar pausadamente sobre nosotros. No apostamos por la tranquilidad ni por el deleite de los sabores, tampoco nos detenemos a admirar la lenta danza del amanecer, y hemos perdido la capacidad de asombrarnos ante la inmensidad del cielo estrellado.

En nuestra agenda apretada y apresurada, no hay espacio para degustar el silencio ni para abrazar una vida pausada. Sus renglones están colmados de intenciones para obtener gratificaciones inmediatas, para comprar “cosas” que puedan ser compartidas en redes sociales, consumidas al instante y olvidadas con la misma rapidez para dar paso a lo nuevo.

Hemos caído en la peligrosa creencia de que para todo “el tiempo es dinero”, pero rara vez nos detenemos a pensar que el tiempo es, ante todo, gratitud, vida, paz, asombro y contemplación.

Insisto, el tiempo, como dimensión profunda de la experiencia humana, trasciende el valor material del dinero. Quizá su verdadero sentido radica en la plenitud que humanamente alcanzamos al habitar plenamente cada instante de nuestra existencia.

*Por su interés, reproducimos este artículo de Carlos R. Gutiérrez Aguilar, publicado en Vanguardia.

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