La tristeza ya no es un sentimiento puntual para una parte significativa de la población. En España, más del 10 % de las personas reconoce sentirse triste de manera constante o casi constante, una realidad que va más allá de una mala racha o de un día señalado en el calendario como el llamado Blue Monday. Los datos proceden de una encuesta poblacional elaborada por la Sociedad Española de Neurología, que pone el foco en algo esencial: cuidar la salud cerebral es una necesidad diaria, no una opción ocasional.
El estudio revela diferencias claras según el género y la edad. Las mujeres manifiestan sentirse tristes con mayor frecuencia que los hombres, ya sea de forma permanente, habitual o intermitente. Pero uno de los datos que más preocupa es el que afecta a la población joven. Entre los 18 y los 34 años, más de un 17 % afirma convivir con este sentimiento, una cifra muy superior a la de los adultos de mediana edad y a la de las personas mayores.
Esta tendencia invita a reflexionar. Vivimos en una sociedad hiperconectada, exigente y acelerada, donde el bienestar emocional no siempre encuentra espacio. La tristeza sostenida deja de ser solo una emoción y se convierte en un estado que impacta en la forma de pensar, sentir y relacionarse. Tal y como explica el presidente de la SEN, el neurólogo Jesús Porta-Etessam, mantener en el tiempo este estado emocional tiene consecuencias directas sobre el cerebro. Por el contrario, el buen humor, la risa y una actitud positiva actúan como factores protectores, reforzando su funcionamiento, según Europa Press.
Desde un punto de vista neurológico, la tristeza persistente no es inocua. Produce alteraciones químicas y estructurales en el cerebro, afectando a neurotransmisores clave como la serotonina, la dopamina o la noradrenalina. También se reduce la densidad de la materia gris y la conectividad entre neuronas, lo que puede traducirse en dificultades para concentrarse, regular las emociones o recordar información.
A largo plazo, el impacto es aún mayor. La evidencia científica muestra que haber sufrido depresión aumenta de forma significativa el riesgo de padecer ictus, epilepsia, Parkinson o enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer. Además, en personas que ya conviven con patologías neurológicas, la depresión puede agravar el deterioro cognitivo, aumentar la discapacidad y empeorar el pronóstico.
El mensaje es claro y profundamente humano: cuidar la salud mental es cuidar la salud cerebral. Hablar de tristeza, pedir ayuda y generar entornos que favorezcan el bienestar emocional no es una debilidad, sino una inversión en salud, calidad de vida y futuro. Porque cualquier día es bueno para empezar a cuidarse.