El principal error tras sufrir un esguince es no respetar los plazos de curación necesarios para los ligamentos. Según el doctor Juan Zaldúa, especialista de Policlínica Gipuzkoa, una «vuelta prematura» a la actividad física favorece las lesiones de repetición, lo que deriva en una inestabilidad crónica del tobillo. A largo plazo, este descuido puede acelerar el desgaste articular y desembocar en una artrosis prematura, comprometiendo seriamente la movilidad del paciente.
Con el auge de los deportes al aire libre en primavera, como el trail running o el senderismo, la incidencia de torceduras aumenta considerablemente. Zaldúa explica que los terrenos irregulares y los cambios bruscos de dirección elevan el riesgo de sufrir distensiones o roturas. El experto alerta sobre la tendencia a «normalizar el esguince», advirtiendo que restarle importancia impide realizar diagnósticos precisos que descarten daños asociados en tendones o cartílagos.
El traumatólogo insiste en que se debe acudir a consulta si el dolor, la inflamación o la inestabilidad persisten más de dos semanas. En estos casos, es fundamental realizar pruebas de imagen como resonancias para detectar lesiones que empeoran el pronóstico. El tratamiento inicial combina reposo y frío, pero la fisioterapia se revela como un «papel clave» para planificar una reincorporación progresiva que, en los casos más leves, suele oscilar entre las cuatro y ocho semanas.
En situaciones de rotura completa o complicaciones graves, la recuperación puede extenderse varios meses e incluso requerir cirugía. No obstante, el especialista puntualiza que estas intervenciones suelen ser mínimamente invasivas y ambulatorias. La clave para evitar pasar por el quirófano reside en un diagnóstico temprano y un plan de rehabilitación que priorice la estabilidad mecánica de la articulación sobre las ganas de volver a competir.
Para prevenir futuros episodios, el doctor subraya la importancia de fortalecer la musculatura del pie y mejorar la propiocepción. Ejercicios que activen la musculatura intrínseca, como caminar descalzo (barefoot), son recomendables para proteger el tobillo. En última instancia, Zaldúa concluye que «un pie fuerte protege al tobillo» y que la prevención real no depende exclusivamente del calzado, sino de un trabajo muscular personal y constante.